—Entre las del unto y la escoba, por piques del oficio, ¡ó vaya usted á saber! Lo cierto es que mano de hombre no es capaz de poner un cuerpo en el estado de molienda en que yo ví el de aquel demonio cuando fuí llamado á eso por la autoridad. Debajo de la cama estaba, como una pila de basura.
—¡Qué barbaridad!
—No habiendo amaño posible para aquel saco de huesos en polvo, se le dió la Extrema, y laus Deo. Le aseguro á usted, señor de Quicanes, que si no acaba de aquel modo ó de otro parecido, hoy se encuentra usted á la Murciégala en Robleces, tan campante y tan bruja como en sus mejores tiempos. ¡Qué pelleja de los demonios la suya! ¡Y el benditón de don Alejo que todavía se sulfura cuando se le menciona el caso, y truena contra la Justicia, porque dice que no cumplió entonces con su deber... ni yo tampoco, por no haber dado cuenta del estropicio al juzgado correspondiente! ¡Me asan, señor de Quicanes; me asan vivo estos inocentes de Dios, si me propaso á semejante cosa!
—¡Pues vaya, señor don Elías—dijo alzando el vaso el indiano, quizá por no exponerse á que le asaran á él allí si predicaba cuanto se le estaba ocurriendo sobre el particular,—un trago al descanso y sosiego perdurables de esa infeliz pecadora, que tan molida acabó!
—¡Eso sí, voto al chápiro!—respondió el médico, á quien ya le chispeaban los ojos,—que yo no soy hombre de llevar los rencores más allá de la sepultura.
Bebieron los dos mirándose cara á cara, y dijo en seguida el de Nubloso:
—Y ahora, para concluir de molestarle con preguntas, respóndame á la que se me pone entre los labios. Cuando me marché de aquí, comenzaba á cobrar el barato en el pueblo y á bullir mucho en el ayuntamiento, un tal Planchetas. ¿Qué ha sido de él?
—Pues el Planchetas—respondió don Elías muy hueco, porque cuanto más le preguntaba el otro, más le regalaba el gusto,—acabó como debía: en punta. ¿No es así, señor don Baltasar? El Planchetas, realmente era hombre bien acomodado, para lo que aquí se usa. Tenía sus tierras, su casa, sus ganados... todo propio. Era fachendoso de suyo; pensó que aquel pasar daba para los imposibles, y ahí le tenía usted luciendo la persona en todas partes... Feria va, mercado viene, petulancia por aquí, mangoneo por allá; y lo que era peor: comiendo á menudo fuera de casa, ¡y qué comer! Á lo príncipe: en las mejores tabernas, y échese y no se derrame; ¡y vengan chorizos á todas horas, y demonios colorados! En fin, hasta que se arruinó. Si no mienten mis informes, el señor don Baltasar le sacó de los últimos apuros... ¿Me equivoco, señor don Baltasar?
El cual no respondió á la pregunta del médico, porque llegaron en aquel instante, conducidos por la Galusa y la otra criada, la media fuente y los tres platos hondos repletos de arroz con leche; y en cuanto los vió en la mesa el indiano, exclamó, sin poderse contener:
—¡Dichosa edad y tiempos dichosos aquéllos en que este dulce manjar era mi mayor deleite!... Y perdone el señor estudiante de Lumiacos que yo me permita aplicar aquí este mal zurcido remiendo de mi erudición profana. He gastado muchísimo dinero en libros españoles de ameno y provechoso entretenimiento, y me sé el Quijote de memoria. Usted, que le conocerá tan bien como yo, sabrá con qué frecuencia ve uno reflejados sus propios actos y sentimientos en aquel fiel espejo de la vida humana.