—Yo no gasto el tiempo en leer paparruchas—respondió el seminarista, que verdeaba.—Le necesito para estudios de más fuste y de mayor alcance moral...
—Pues hace usted bien,—respondió muy fresco el indiano.
—Sobre todo, por lo que le engorda,—añadió el Berrugo, que indudablemente tenía algo de tirria al sobrino de su criada...
Inés se condolía mucho del mal trato que se daba allí á su profesor, cuyas amarguras adivinaba; pero don Elías se frotaba las manos debajo de la mesa á cada apabullo que sufría el pedantón.
Mientras el arroz se repartía, dijo el Berrugo:
—Aplíquense á esto todos los convidados, porque es lo último; y Dios sabe cuándo volverán á verse en otra: á lo menos en mi casa.
—Pues por lo que á mí toca—dijo el perfumado Quicanes, que dominaba ya, á su discreción, el concurso con Berrugo y todo, dirigiéndose á Inés, que le servía,—cargue usted sin duelo... y sin perjuicio de los demás, se entiende; pero á condición de que de lo que me sirva, ha de aceptar después la primera cucharada, que yo le ofreceré como tributo de mi reconocimiento y de mi admiración.
Inés, que le servía del arroz de la media fuente, en cuanto oyó las primeras palabras del apóstrofe, dejó á medio llenar el plato que tenía en la mano izquierda, y tomó uno de los hondos que vinieron llenos de la cocina. Á entregársele iba al afable convidado, cuando éste la espetó la condición de la cucharada como tributo. ¡Y allí fué el apuro de la infeliz! Vaciló unos momentos, roja de vergüenza y temblándole la mano; pero al fin, echando también á broma el lance, alargó muy risueña el plato al otro, que le esperaba afilándose las guías del bigote y con los ojos muy parleteros, y le salió al encuentro alzándose de la silla. La de Marcones crujió en el mismo instante, como si la estuvieran haciendo polvo. Don Elías aplaudió á grito pelado, y el Berrugo ya no sabía qué pensar de aquellas cosas.
Concluído el reparto del arroz con leche, Inés y el indiano cumplieron honradamente sus mutuos compromisos: ella entre congojas de cortedad, pero sin repugnancia maldita, y él... ¡figúrenselo ustedes!
Por remate de todo ello, sacó el tal una vistosa petaca de piel de Rusia con grandes cifras de plata, llena de puros de gran vitola, con los cuales brindó á cada uno de los tres comensales; pero ni don Baltasar ni el médico fumaban; y en cuanto á Marcones, rechazando con irónica modestia la petaca del indiano, sacó él otra de suela, muy resobada y con mugre, y le dijo, eructando, y mientras la abría y asomaban dentro de ella unos papelillos arrugados: