—Gracias, yo no lo gasto tan fino.

Y se puso á liar un cigarro, con el relativo consuelo de pensar que con aquel último trámite de la comida, acabarían las estomagadas de bilis que estaban martirizándole. Pero tampoco le salió la cuenta por allí; porque el diablejo del indiano, ayudado de don Elías, consiguió que Inés los aceptara por acompañantes para asistir á la procesión de la tarde y después á la romería. ¡Y el Berrugo que lo toleraba en paz y hasta se había brindado á ir con ellos!

Acordado así, don Baltasar, para hacer tiempo, se fué á sus rondas de costumbre por cuadras y corrales; Inés á sus quehaceres, y Marcones, por de pronto, á desfogar con su tía, ¡que también tenía que oir! las bilis acumuladas.

El indiano y el médico permanecieron solos unos instantes en la mesa, apurando los restos del blanquillo que quedaba en el fondo del botellón.

—Y ¿qué nos hacemos nosotros dos ahora, señor don Elías?—le preguntó el indiano mientras se lavaba las puntas de los dedos en el agua de su vaso, y después de limpiarse esmeradamente los labios con la servilleta,—¿Adónde iremos, sin estorbar á nadie?

—Sospecho—respondió don Elías,—que en el balcón del saliente debe de correr ahora un vientecillo muy agradable y hasta digestivo... Podemos ir allá si le parece.

—¡Gran idea, señor don Elías!

Andando los dos hacia el balcón y guiando el médico, que conocía bien el camino, dijo al otro, arrimando mucho la boca á su oreja:

—¡Menudos revolcones ha llevado hoy, señor de Quicanes, el pedantón ese! ¡Buenos fueron los que le dió en seco don Baltasar; pero los de usted por lo fino!... La Inés se bañaba en agua de rosas... Es natural...

—¿Por qué?