—Porque no le puede ver... casi me lo ha dicho á mí ella misma... ¡Pues podía no ser así! ¡Una moza de órdago como la Inés!... ¡Para el zoquete de Lumiacos estaba!
—¿Cómo es eso, cómo es eso?—preguntó aquí con viveza y gran interés el indiano.
—Verdad que usted no está en autos—dijo el médico, muy satisfecho y orondo.—Pero esto no es para hablado aquí.
Apretaron el paso; llegaron al balcón, donde, en efecto, corría un nordeste muy delicioso; sentáronse, y continuó de esta suerte el médico, mientras el indiano, sin apartar la atención de las palabras de don Elías, recorría con los ojos el hermoso panorama que se descubría desde allí:
—Pues el pedantón ese anda tras el gato del Berrugo.
—¿Y quién es el Berrugo?—preguntó el de Nubloso, después de arrojar de su boca una espesa nube del humo de su aromático cigarro.
—El Berrugo es don Baltasar—respondió muy bajito el médico.—Le dan ese mote por lo hebra que es y lo... Pues bueno: el Berrugo es riquísimo, señor de Quicanes.
—¿Lo cree usted así?
—Le digo á usted que poderoso.
—Y ¿de qué modo trata de heredarle el seminarista?