—Casándose con Inés.
—¡Casándose con Inés! ¿Pues no estudia para cura?
—Estudiaba, señor de Quicanes, estudiaba; pero hace meses lo dejó... ó le dejaron. Con la disculpa de dar lecciones de primera enseñanza á Inés, viene aquí todos los días, para ver si se va colando poco á poco... Amaños del zanguango con la pícara de su tía, la Galusa... El Berrugo no sabe jota de ello; y por el trato que le da hoy, puede usted calcular lo que ocurriría si el gandulote se llegara á explicar más claro... ¡Y el pedantón no cae en la cuenta ni en la mala voluntad que le tiene la Inés, y sigue erre que erre!... Pues ¿por qué se le figura á usted que fué el estampido suyo cuando aquello de los Estados Unidos? ¡Bastante se le da al hijo de su padre porque haya herejes allá ó deje de haberlos!... Con el zancarrón de la Meca apechugaría él si, haciéndose moro, aseguraba la puchera.
—Pues ¿qué mosca le picó entonces?
—El estar usted llevándose las preferencias de todos, y en particular las de Inés. Las cosas claras, señor de Quicanes.
—¡Bah!—respondió éste aparentando dar poca importancia á las noticias y pareceres de don Elías.—Cosucas de aldea.
—Hombre—dijo el médico, cambiando súbitamente de actitud, de tono y de temperatura,—y á propósito de esos Estados Unidos y de esas otras tierras lejanas de que nos hablaba usted: ¿conque tan bonitas son esas mujeres de por allá?
—De primera, señor don Elías, ¡de primera!—respondió el interpelado, después de mirar al médico con cierta extrañeza maliciosa.
—Pues vamos á echar un párrafo sobre ese particular, señor de Quicanes, para hacer tiempo.
—¡Hola, hola!—exclamó Quicanes, mirando con socarronería al médico.—¿Esas tenemos también?