—¡Juego limpio, señor de Quicanes, gracias á Dios!—dijo don Elías humildemente.—Pero, créame usted: aquí vivimos en pura tiniebla sobre las cosas del mundo, y no disgusta un recreillo de palabra de vez en cuando. Por lo demás, ¡á buena parte viene usted, señor de Quicanes!

—Pues vaya el párrafo,—dijo éste, acomodándose mejor en la silla en que estaba meciéndose.

Y hablando él y mintiendo á más y mejor, hecho ojos y oídos, don Elías, y sonando sin cesar el repiqueteo de las campanas de la iglesia, fué pasando el tiempo, y llegó el Berrugo á advertirles que Inés estaba pronta y esperando para ir á la procesión.

En lo más obscuro del pasadizo tocó don Baltasar al médico en el hombro; detúvose allí unos instantes con él, y le preguntó en son de chunga:

—¿Y cómo va el negocio de los molinos?

—¡Ya pareció el dinero!—pensó don Elías, vuelto de pronto á la realidad de sus estrecheces.—Para eso me convidó á comer. No es tan malo este hombre como se le cree.—Pues el negocio de los molinos—respondió en voz alta,—en el estado en que le dejamos aquel día, señor don Baltasar. Ya usted ve: falta la guita...

—Pues yo—le añadió el Berrugo,—sigo en mis trece: en cuanto descubra el tesoro, con las señas que usted me dió, le pongo en la mano los cuatro mil duros... ¿No son cuatro mil?...

—Sesenta y dos mil reales solamente, según mis cálculos,—respondió el médico, de mala gana ya.

—En fin, lo que sea—añadió el Berrugo.—Hombre, y á propósito: ¿ha vuelto usted á ver á la fantasma de la linterna?

—He visto la fantasma—respondió el médico algo crispado;—pero sin linterna y á media tarde, en el callejo de los Mulos; y nada me dijo sobre ese particular ni sobre ningún otro.