Soltóle el Berrugo una risotada que era para el pobre médico una zambullida en agua de diciembre, y se largó detrás del indiano, que aguardaba en el crucero de los dos pasadizos. Don Elías le siguió algo cabizbajo y diciendo para sí:
—Verdaderamente es incurable la indecencia de este hombre.
XXII
EXAMEN DE CONCIENCIA
Corta de genio Inés y modestísima como era, no estaba pesarosa de que la gente la viera en público acompañada del caballero del altar mayor, norte de todas las miradas y tema de todas las conversaciones de aquel día en Robleces, por la mañana y por la tarde; particularmente por la tarde, cuando se vió al caballero que tanto había llamado la atención en el presbiterio, cosido á las faldas de la hija de don Baltasar, y á don Baltasar detrás de los dos, y con don Baltasar, el médico. ¡Cosas más raras!
Así fueron á visitar al santo, que estaba en el cuerpo de la iglesia con todos los perifollos de por la mañana, y á echar unas monedas de cobre en el platillo que había sobre las andas, y después á la procesión, mucho más larga que la otra, pero con las mismas cantadoras y los propios danzantes, hechos ya una porquería de polvo y de sudor, mas no rendidos; y el campaneo y los cohetes y la muchedumbre fervorosa de por la mañana, y otro tercio más de la gente forastera que había venido á la romería. Los curas de Piñales y de Campizas, que habían comido con don Alejo, le acompañaban en la procesión, y Quilino, con un librón abierto entre manos, les hacía el tiple en sus cánticos, á los que contestaba el público á cada instante con un clamoroso «ora pro nobis.» Al predicador de Pandos, después de comer también con don Alejo, se le había visto salir de Robleces, á medio galope del tordillo que montaba, en dirección á su pueblo.