Si á don Elías se le hubiera permitido satisfacer su gusto en toda regla, mientras la procesión iba por lo más hondo de la carrera que seguía, se hubiera encaramado él en el tejadillo del porche de la iglesia; y después de mandar que cesara el ruido de las campanas y el de los cantores y el de los cohetes y hasta el de las hojas que removía el nordeste en bardales y cajigas, habría referido á voces, á la muchedumbre detenida allá abajo, la historia del caballero del altar mayor, teniendo buen cuidado de añadir que aquella historia no la habían sabido hasta entonces más que él y la familia de don Baltasar.
Pero nada de esto le era permitido al oficioso médico; y, bien á su pesar, se conformaba con decir, á hurtadillas del Berrugo, que iba á su derecha, á cada conocido que pasaba por su izquierda, y aludiendo al indiano que le precedía departiendo con Inés:
—Es natural de Nubloso, y está riquísimo. He comido hoy con él.
La romería se celebraba cerca de la iglesia en una gran pradera, lindante por un lado con un espeso cajigal. En este cajigal humeaban los merenderos y resonaban los cantares, las panderetas y las tarrañuelas de dos ó tres corros de baile; y bailes, hasta de tambor, había también en la pradera, con sus respectivos cercos de espectadores; y por entre estos corros de baile y los del cajigal, el «agua de limón fría como la nieve,» las banastucas clásicas con perojos roderos, rosquillas duras y avellanas tostás; las bandadas de muchachos oliéndolo y curioséandolo todo, pero sin catar gran cosa de ello, por la pícara contra de lo caro que andaba; el mozón pretendiente colmando de perdones el moquero de la moza... y en fin, lo de costumbre, por no apestar al lector con pinturas de que ya le tengo harto.
Por allí andaban, alegres y peripuestos y en amoroso grupo, la repolluda Pilara con toda su familia, y Pedro Juan y su padre; éste con las botas de agua, la medalla de Cochinchina y una corbata de seda, lacia y descolorida, anudada á la marinera. En cuanto Pilara vió á Inés y el Lebrato á su padre, se arrimó toda la comparsa á saludarlos... Ya estaba arreglado aquello. Pedro Juan y su padre habían comido aquel día en casa de Pilara, como si todos fueran ya unos. «La cosa sería allá pa la cogedera de los fisanes, al apuntar la toñá.» Comenencias de cada cual lo pedían así. Todos estaban muy contentos; y ya contaba Juan Pedro con darse una vuelta «por ca su amo, pa ponerle en los autos al respetive, como era debido.» También Pilara tenía pensamiento de avistarse con Inés para pedirla cierto favor que estimaría Pedro Juan en tanto ó más que ella. Era «cosa de los dos en concierto.» Inés, que quería mucho á la noble Pilarona, dió el favor por otorgado, si cabía en sus posibles. El Berrugo se hizo de nuevas, y preguntó á Juan Pedro si su hijo era para en casa de la novia, ó la novia para en casa de él.
—Es ella pa en mi casa,—respondió el Lebrato.
—Más vale así para nosotros,—dijo entonces el Berrugo, que, por apego á sus haciendas, parecía muy dispuesto á no haber consentido lo contrario.
Poco después se separaron los dos grupos; y me consta que de la historia de los amores de Pedro Juan y de Pilara, que á instancias del indiano le refirió Inés, tomó pie el placentero acompañante para improvisar una plática que no tenía comparación con aquellas homilías que espetaba Marcones á la hija del Berrugo en los comienzos de su trato con ella. Marcones hablaba y hablaba, tomando los puntos al estilo de predicador, llenando de latines las parrafadas y vomitando tempestades contra gentes que ningún daño le habían hecho. Oyendo á Marcos se podía bostezar y hasta dormirse, y entraban como deseos de santiguarse cuando acababa, y de decir «amén» por remate.
El «predique» del otro fué más dulce, más insinuante y persuasivo: nada de latines ni de Santos Padres; las palabras eran de las más usuales y corrientes y sin adobo de rencores contra nadie; el tema, claro y sencillísimo: parecía que hablaba por boca del oyente; y por eso, con lo que decía á Inés no la daba ganas de bostezar, sino que la llevaba prendida la voluntad; y como si ello fuera gancho con que la sacara de allá dentro lo que más quisiera ocultar ella, la obligó más de dos veces á decir su parecer, sofocada de calor y temblando como una hoja. No había modo de permanecer serena ni enteramente callada, oyendo peroraciones como aquélla en boca de un hombre tan elegante, tan cortés, tan afectuoso y perfumado como el caballero del altar mayor. Después de la predicación para ella sola, se volvió hacia don Baltasar y el médico que los seguían, con trazas de ir algo aburridos, y también tuvo ingeniosas ocurrencias con que entretenerlos un buen rato. Luégo sacó un pañuelo blanco, de finísima batista, limpio y sin estrenar, y le llenó de cuanto se vendía en los puestos inmediatos; pagó rumbosamente, y ofreció aquellos perdones á Inés, que no se atrevió á rehusarlos, después de haber tomado el médico, por cortesía, un puñadito de avellanas y dos perojos; don Baltasar no tomó cosa alguna, porque «no lo usaba jamás... ni de balde.» Pero verdaderamente estaba como algo fascinado con el rumbo y la charla y el atalaje y la conducta de aquel mozo.
El cual, después de bien corrida la media tarde, con el pretexto de que había una hora de camino hasta Nubloso, se despidió afabilísimo de don Baltasar, prometiéndole, y bien recio, no sé si para que Inés lo oyera, volver muy pronto á tratar «del consabido asunto pendiente;» de Inés, con intachable cortesía, y del médico, con la más campechana franqueza. Fuése... y desde aquel momento ya no supieron qué hacerse en la romería ni don Baltasar ni su hija, ni el médico que los acompañaba bostezando.