Dijo Inés, á poco rato, que se encontraba rendida y con ganas de volver á casa; aplaudióla el gusto su padre, y se alegró de ello don Elías que ya estaba impaciente por quedarse solo y en completa libertad de echarse por aquellas espesuras de curiosos, para referir á sus anchas la historia, bien comentada, del caballero del altar mayor.
Atravesando el cajigal para abreviar más el camino, vieron muy alborotada y en desorden á la gente de un corro de baile. Detuviéronse á observar desde lejos; y por una abertura que se hizo en la masa circundante, distinguieron allá dentro un bulto pintarrajeado, que volteaba, hecho un ovillo, entre aullidos de espanto y risotadas de burla.
Acercóse don Elías, por encargo del Berrugo, para averiguar lo que era y, por de pronto, había puesto á Inés tiritando de susto; y al cabo de un rato volvió muy diligente, con las manos atrás, el puño del bastón entre ellas, bamboleando el cuerpo á diestro y á siniestro y queriendo anunciar con la cara lo que comenzó á decir con la lengua mucho antes de llegar adonde le esperaban:
—Lo tengo pronosticado... Ese muchacho no puede acabar en bien.
—¿Qué muchacho?—le preguntó el Berrugo.
—Quilino—respondió don Elías.—Ese berraquillo de los demonios.
—Pues ¿qué le ha pasado?
—Que le han dado otra castaña, pero de órdago.
—Y ¿por qué?—preguntó Inés.
—Según se cuenta—respondió muy espetado don Elías,—parece ser que Quilino, después que le despachó Pilara pocos días hace, en cuanto habló claro Pedro Juan, se encalabrinó por la Marta, la hija del mayordomo de San Roque, buena moza y bien metida en carnes y con su por qué de legítima, por parte de madre, aunque no mucho. Parece ser también que Marta da cara tiempo hace al Pinto de Los Castrucos, mozón con cada puño como una mandarria, que la corteja de firme, aunque sin haber hablado por derecho todavía; y que habiendo todo esto por delante, le dijo la Marta á Quilino, no sé si de buena voluntad ó queriendo entretenerse con él, como tantas otras se han entretenido, que le abriría la puerta, pero dejándole á resultas de lo que determinara el otro. Conformóse Quilino, porque no tenía otro remedio; pero es el condenado de él tan rijoso y emperrado, que quería llevar las cosas al galope; y hurga hoy, hurga mañana, tan pronto á Marta como al Pinto, atrevióse con él hace un momento en el mismo corro del baile: atufóse el mozón, que es una encina brava; y allá va el castañetazo sin más explicaciones, y Quilino al suelo.