—Y ¿no ha habido quien los separe?—preguntó Inés estremecida.

—¿Qué más separados los quiere usted?—dijo el médico.—Al Pinto le bastó un golpe para deshacerse de la mosca, y el otro birriagas no es hombre de volver por el segundo. Nada: les digo á ustedes que, salvo el arranque de muelas que ahora no ha habido, lo mismo que la otra vez.

—¿Qué fué lo de esa otra vez?—preguntó el Berrugo.

—Pues otro castañetazo que, por un motivo exactamente igual, le alumbró el Josco en el callejo del Hisuco. Tres vueltas le hizo dar en redondo, y dos muelas le arrancó de cuajo. Yo las tuve en la mano y curé al provocativo. Les digo á ustedes que en poco tiempo se ha metido bajo un par de mazas de las de órdago; vamos, como no las hay en Robleces ni en diez leguas á la redonda.

No se habló más del suceso; y andando, andando los tres personajes, llegaron á dar vista á la portalada de don Baltasar. Despidióse allí don Elías, sin que le respondiera el Berrugo, y éste y su hija siguieron andando y se metieron en casa.

Inés ponderaba mucho su cansancio; y en cuanto su padre se apartó de ella, sin detenerse á desocupar el pañuelo cargado de perdones, con él entre manos se fué á la solana y se sentó en una silla. Quiso probar el regalo de su cortés acompañante, y no pudo. Sentía como un nudo en la garganta que la impedía deglutir lo que molía y trituraba su fina y esmaltada dentadura. Tendióse hacia atrás hasta tocar en la pared con el respaldo de la silla; apoyó las puntas de los pies en la balaustrada del balcón; dejó sobre el regazo el pañuelo de perdones atado por las cuatro puntas; cruzó los brazos bajo el pecho, y comenzó á mecerse como en aquellos días en que tenía apagadas todas las luces de la imaginación. La tarde caía; el cielo rojeaba sobre la línea del horizonte por donde el sol iba á esconderse pronto; la brisa había cesado; el ambiente era dulce y oloroso; á lo lejos se oían los cantares, intermitentes y como á la sordina, de los romeros que volvían á sus hogares atravesando mieses y collados, y, de tarde en cuando, algún rumor de conversaciones y estallidos de carcajadas, en las callejas contiguas; y con ser los ruidos tan apagados y la luz tan templada, aún le parecían á Inés diablejos que se le metían por los oídos y por los ojos para revolverla y enmarañarla los pensamientos que ella quería ordenar á su gusto para examinarlos mejor... Porque su cabeza estaba llena, rebosando de pensamientos, y en aquel instante quería el silencio absoluto y la obscuridad de las noches sin luna, para entenderse con ellos. El silencio no podía crearle ella por su sola voluntad; pero la noche sí. Cerró los ojos y continuó meciéndose. Los ruidos no la distraían ya tanto. Podía hacer aquel examen que la estaba tentando desde que se había apartado de ella el inesperado é interesante personaje. El examen debía hacerse punto por punto y según el orden riguroso en que los sucesos habían ocurrido.

Ella había ido á misa por la mañana, y podía jurar que sin otro pensamiento extraño á los de todos los días, que el bien insignificante y disculpable de que el vestido que estrenaba no la sentaba mal del todo, y hasta la hacía buen cuerpo. De pronto, y ya dispuesta á rezar un Padrenuestro á San Roque después de la procesión, al dirigir los ojos al santo vió al lado mismo de las andas á un caballero á quien jamás había visto. La pareció desde luégo muy aseñorado, muy rica y aseadamente vestido, airoso de cuerpo, y guapo, muy guapo de cara. Le favorecían mucho aquellos bigotes con puntas. Con más ó menos curiosidad de saber, después de salir de la fiesta, quién sería él, así hubiera quedado el asunto. Pero ocurrió á lo mejor que el forastero fijó la vista en ella. Pudo ser esto casualidad una vez, dos veces, si se quiere; ¿pero tres, cuatro, y diez, y ciento y á cada instante mientras el sermón, como realmente sucedió, bien visto por ella con el rabillo del ojo, y por Marcos, que andaba con los suyos, llenos de ira, desde la puerta de la sacristía al caballero del altar mayor? ¡Cuidado que para notarlo Marcos, debió de ser mucha la tenacidad del otro en mirarla! Pues así y todo, podía explicarse el suceso por no haber en la iglesia otra mujer del porte de ella, ni tan... guapa precisamente, no, pero tan bien conservadita á la sombra; y con la idea de pasar mejor el rato, dando un poco de entretenimiento á los ojos... Sin embargo, ella no pudo menos entonces de acordarse de Isidoro, y de comparar al otro con él. Allá se iban en estampa, aunque Isidoro tenía la ventaja de algunos años de menos, no muchos. En lo demás, no podía decirse nada: no conocía por dentro al del altar mayor; aunque, á juzgar por lo que se le traslucía en los ojos y en el aire, no era el sujeto para que, sin más ni más, le hiciera ascos una mujer como la rica Amparo de la novela. Una duda la había asaltado de pronto: ¿sería casado ó soltero? Y otra duda en seguida: si era casado, ¿cómo se atrevía á miraría á ella de aquel modo? Y como reflexión final sobre estas dudas y sus causas, ¿qué la importaba á ella que el caballero del altar mayor fuera soltero ó casado, ó valiera más ó menos que Isidoro, si, una vez terminada la misa, cada cual se iría por su camino, y si te he visto no me acuerdo?

En este temple de ánimo, por lo tocante al forastero, había salido de la iglesia.

Apenas llega á casa y se asoma al balcón, el caballero en la calleja; y pocos momentos después, el caballero en la sala, á su lado. Tuvo ocasión entonces de examinarle bien escrupulosamente. Su cutis era sano y terso, aunque estaba un poco tomado del aire y del sol; sus labios, húmedos y de color de rosa; sus dientes, blanquísimos, no grandes y muy apretados; sus ojos, vivarachos y muy reparones; las manos, regalares y bien cuidadas; la voz, de buen sonido y con unas caídas muy dulces y algo extrañas para ella; la ropa, finísima; el calzado, primoroso; los puños, el cuello y la pechera de la camisa, como los ampos de la nieve... y un olor cada vez que se movía ó sacaba el pañuelo del bolsillo, ¡un olor!... como el de la yerba segada, y el de la madreselva de los callejos, y el de la mejorana, todo junto. Pues de buenas á primeras, aquel caballero la llama «hermosa señorita.» ¡Qué exageración! ¡Así se puso ella de aturdida, y, á juzgar por el calorazo que sintió de pronto, de encarnada! Pero ¿quién sería él y á que iba allí? ¡Qué ansiedad la suya por averiguarlo! Al fin lo dijo todo, ¡y con qué soltura y gracia! Y no parecía sino que cuanto iba diciendo lo decía para ella más que para su padre. Otra cosa rara: no se desencantó cuando supo que el elegante caballero se llamaba Tomás Quicanes, y era de Nubloso y sobrino del Mayorazgo de Robleces, y que antes de ser lo que era, había sido un muchachuelo pobre, embarcado de limosna, por su tío, para la Habana. Y eso ¿qué? Bien mirado, más valía así; porque, en el fondo, todos resultaban unos. Lo de la compra de la casa, de pronto la sobrecogió, porque conocía á su padre y le creía muy capaz de vendérsela si el otro se la pagaba bien; pero después, ya fué cosa muy distinta. ¡Qué luégo la leyó en la cara el disgusto, y con qué finura la curó de él al instante! Al ser invitado á comer, la miró á ella, como si la pidiera la respuesta que debía dar; y ella entonces, sin poder remediarlo, le animó con los ojos á que se quedara. ¿Lo comprendería él así? El hecho fué que se quedó, sin necesidad de nuevas instancias.

Ya en la mesa, ¡qué desembarazo el suyo y qué soltura tan agradables para todo! ¡Qué bien refirió su vida y sus viajes, y qué curioso y entretenido era todo aquello que contaba de las gentes de por allá fuera! ¡Cuánto había visto, cuánto sabía, y cómo le agradecía ella las atenciones que la dedicaba durante el relato, que también parecía hecho para ella sola! De pronto se enreda Marcos con él... ¡Qué bruto, qué bruto estuvo Marcos entonces! ¡Qué modo tan soez de acometerle sin qué ni para qué! Porque ¿qué sabía el estudiantón de Lumiacos de aquellas cosas tan lejanas? ¿Quién le metía á él en camisa de once varas? Pero no iban por ahí los pensamientos ni las intenciones de Marcos al hacer lo que hizo. Marcos estaba despechado, herido, celosote... ¡Qué horror! ¡Dónde tuvo ella los ojos y el sentido común para no ver ni apreciar lo que debió haber visto y apreciado desde el primer día? ¡Cómo pudo estimar por sabio á aquel mastuerzo, ni tolerarle en calma la confesión que la hizo, ni firmar paces con él en seguida, cuando debió haberle plantado en el corral? Con todo, no la pareció bien la crueldad con que le había tratado su padre. La lección del indiano, ¡esa sí que había sido fina y al alma! Y ¡qué contraste formaban los dos, Virgen María, á pesar de estar Marcos de ropa nueva y camisa limpia!... Porque si llega á sentarse á la mesa con el vestido sucio de todos los días, con las manos roñosas y las uñas negras, hubiera tenido que ver... como cuando la guiaba á ella la pluma... y la declaraba su amor... ¡qué barbaridad! ¡qué abominación y qué vergüenza!...