Fué donosa la manera de cortar el agudo convidado la porfía: brindando y obligando á Marcos á brindar por ella, ¡Qué porrazos la dió entonces el corazón en el pecho, y qué llamaradas de fuego la subieron al rostro! No se atrevía á mirar al indiano, que parecía tener saetas en los ojos, fijos en ella... Pero el apuro gordo fué cuando lo del arroz con leche: ¡salirle con la que le salió, cuando ya tenía el plato en la mano para dársele!... No porque á ella no la gustara, y mucho, la condición que él la imponía, sino porque hay que estar muy hecha á esas cosas para que... sobre todo delante de gente. Tras este apuro, el de la cucharada, ¡que fué de prueba también!... Se acercaba el instante de levantarse todos de la mesa. Y después ¿qué sucedería? Cada cual se iría por su lado; ¡y fuera usted á saber cuándo se vería ella en otra semejante! Esta consideración la apenaba: no lo podía remediar. De pronto se le ocurre á él lo de ir todos juntos á la procesión y á la romería. ¿La adivinaba los pensamientos á ella; se los leía en la cara, ó era todo una casual y simple coincidencia de deseos?... ¡Con qué gusto, después de dar unas vueltas por la cocina (donde ya estaban comiendo los criados bajo la presidencia de Romana que echaba lumbre por los ojos, mientras su sobrino la aguardaba dando vueltas por el carrejo, hecho una turbonada de estío), y después de recoger los cubiertos de plata, se encerró en su cuarto para acicalarse de nuevo y aguardar la hora convenida con él!... Durante este tiempo, que le pareció interminable, examinando bien despacio todo lo ocurrido, concluyó por convencerse de que todo lo que la pasaba podía pasar sin otras consecuencias que aquellas sensaciones y aquellas inquietudes que la estaban desconcertando y jamás había conocido. Esto, por lo tocante á ella. Por lo tocante á él, quizá estuviera entonces tan fresco como una lechuga. ¿Hacía bien ó mal en dejarse llevar de aquellas impresiones, como una boba?

Precisamente estaba haciéndose esta pregunta cuando la avisó su padre que era ya hora de ir á la iglesia. Dejó la respuesta para otra ocasión, y salió.

Aunque algo cortada, se complacía mucho en que las gentes la vieran acompañada de aquel caballero que tanto llamaba la atención; y se conmovió hondamente, hasta ponerse colorada, cuando oyó decir á una mujeruca que pasó á su lado: «¡Vaya que aparean de veras los dos, y campan á cuál que más!» Después no había vuelto á ocurrir cosa de particular, hasta que, á instancias de su acompañante, le contó los amores de Pilara y Pedro Juan... y la dijo él lo que la dijo, tomando pie de la simple y breve historia, y hasta del dicho de la mujeruca cuando pasaba junto á los dos... Y aquí, aquí estaba lo nuevo, lo singular, lo hondo, la miga, la enjundia del caso del caballero del altar mayor en sus tratos y comunicaciones con ella, ó no había enjundia, ni miga, ni hondura, ni nada en el caso ni en el mundo entero.

—En primer lugar, me habló... Pero ¿cómo he de recordar yo todas aquellas palabras tan dulces y tan bien hilvanadas que me dijo?... En fin, á la substancia, que es igual. Comenzó ponderando mucho el poder de eso que llaman amor, que doma y enternece hasta los brutos... Y no lo dijo por Pilara y Pedro Juan precisamente, sino que fué á parar á ellos tomando el punto de más atrás: de las mismas bestias. Pintando ese amor como una necesidad en nosotros, llegó con la pintura á poner bien á las claras lo triste que era rodar por el mundo, á lo mejor de la vida, sin patria, sin familia y sin tener á quién amar, como le había sucedido á él. Atrevíme yo entonces, con miedo, ¡con mucho miedo! á decirle que cómo podía ser eso, habiendo por allá mujeres tan guapas, según él mismo nos lo había asegurado en la mesa... Á esto me respondió... ¡Vamos, es una lástima que no pueda yo acordarme de ello palabra por palabra! porque en las palabras juntas estriba toda la hermosura de aquella comparación que me hizo entre las flores de trapo y las rosas de mayo, tan coloraditas y olorosas, que nacían y se criaban, por la mano de Dios, en los huertucos pobres de su tierra. En una de estas rosas, sin saber cuál, pensaba él siempre, y por ella suspiraba mientras andaba solo y descarriado entre las flores de trapo que tanto abundaban por esos mundos. Para recreo de los ojos y pasar el tiempo, aquellas mujeres, hermosas á fuerza de compostura y adorno; pero para lo otro, para lo que él llamaba necesidades de un corazón puro y honrado, la rosa colorada del huertuco de su tierra, que nace entre matas de alhelíes y de tomillo, y muy arrimadita á las hiedras de la pared... En fin, una mujer, por las trazas... como yo. Viendo que se callaba, atrevíme otra vez; y bajo ¡muy bajo! porque la voz me temblaba y se me enronquecía, preguntéle que si, desde que estaba en la tierra, había encontrado... el huertuco (no tuve ánimos para decirle que la rosa) que tan de menos echaba andando por esos mundos de Dios. ¡Virgen María, lo que yo sudé entonces de vergüenza, temiendo haberle preguntado lo que no debía, en buena educación! Pero ¿cómo no preguntarle sobre ello ó sobre cualquier otro punto que viniera al caso, si me estaba él sacando de la boca las palabras con los ojos? ¡Si yo no he visto un mirar como aquél, en los días de mi vida, ni un metal de voz semejante! ¡Podría jurar que aquellas palabras no me sonaban en los oídos, sino aquí, en lo hondo, en lo más hondo del pecho! Además, ó callarme, y eso no sería cortés, ó decirle la verdad de lo que estaba pensando. Y se la dije. Luégo, ya que lo de la pregunta no tenía remedio, me quedó el temor á la respuesta. ¿Cómo sería? No tardó medio minuto en dármela, y me pareció ese tiempo una eternidad. ¡De las palabras de la respuesta sí que me acuerdo bien!; y no porque fueron las últimas, sino porque... ¡qué sé yo? «No sólo he encontrado el huerto—me dijo,—sino la rosa, y no porque haya salido á buscarla, sino porque Dios me la acaba de poner en el camino.» Al oir esto, sentí como un temblor de los pies á la cabeza; no veía á la gente que tenía delante de los ojos, y el corazón me golpeaba sin cesar allá dentro, como ahora que revuelvo el caso en la memoria. Se calló un poco, mirándome mucho, y volvió á decirme: «Falta saber si Dios me ha puesto delante lo que tanto codiciaba yo, para mi fortuna ó para mi martirio, porque estoy casi seguro de no merecerlo...» ¿No era esto ponerme bien á prueba de tentaciones de declararle lo que no debía? Pues todavía me dijo más; me dijo: «¿Quiere usted saber en qué punto de la tierra he hecho ese hallazgo, cuando menos le esperaba?» Le respondí con los ojos, porque en mi boca ya no había voz, que sí quería; y entonces volvió á decirme: «Pues en Robleces.» ¡Dios mío! ya no fué temblor en todo el cuerpo lo que yo sentí, ni turbación de la vista: fué como un golpe en la cabeza, después de una gran sacudida en el corazón, que me robó hasta el conocimiento. Me aguanté á pie firme por un milagro de Dios. Por fortuna no dijo una palabra más: si la dice, creo que me muero. Al contrario, como tiene recursos para todo, porque ¡ahora sí que me atrevo á asegurar que no sólo puede compararse con Isidoro, sino que vale hasta más que él! dejándome en aquel estado, se volvió hacia mi padre y don Elías, y nos enredó á todos en una nueva conversación... Pero ¿soy yo la de Robleces? Y si no lo soy, ¿por qué me habló de ella del modo que me habló?

Este es el caso; y ahora, ¡Virgen María! ¿qué pensar yo de él? ¿qué pensar de lo que siento en mí, y que, por sentirlo, mirando hacia dentro con los ojos cerrados, parece que tengo acá un mundo para mí sola... y para él; pero un mundo mil veces más grande y más hermoso que el que vería si abriera los ojos y mirara hacia afuera? ¡Santa Patrona de mi alma, cómo dolerá perder esto después de haberlo visto, aunque sea soñando, como puedo soñar yo ahora!

Le faltaba el golpe de gracia á la pobre Inés, y se le dió su padre entrando á despertarla en la solana, cuando ya anochecía, con la siguiente extraña comisión:

—Inés—la dijo en cuanto ésta se incorporó, hablándola muy bajo y muy arrimado á ella:—soy ya perro viejo, y huelo á largas distancias las perrerías de los demás. Tú eres pobre ¡muy pobre! para mantenerte de señora, porque tu padre no tiene más que un pasar para vivir como vivimos. Si el indianete ese resulta ser lo que aparenta, y, andando los días, te apunta deseos de casarse contigo, por mí no lo dejes. Pero entre tanto, ojo alerta, y no te fíes.

¡Hasta su padre le había conocido las intenciones! ¡Qué mucho que dudara ella?