XXIII
CORRIDA EN PELO
Con el silencio, la soledad y las tinieblas de la noche, los pensamientos de Inés parecían una gusanera que le había invadido el cerebro. No la dejaron sosegar un punto. Levantóse con el sol, y para todo se halló distraída y perezosa, menos para acicalarse. El espejo la seducía; y mirándose y remirándose en él, maravillábase de que en tan breves horas hubieran empalidecido tanto los colores de su cara, y se hubieran convertido en acentuadas ojeras las dos levísimas nubes que antes parecían, más bien que manchas, sombra de sus pestañas espesas.
No había desaparecido aquel extraño y casi imperceptible temblor; sentía las mismas ansias de dilatar el pecho suspirando, de admirar la naturaleza en la luz del sol, en los pájaros del aire, en la hermosura del cielo, en las flores del campo y en el rumor de las arboledas; y de querer bien á todos, de perdonar agravios y de imaginarse el mundo entero como un eterno paraíso en que no se conocieran los dolores ni las lágrimas.
Llegó el mediodía, sentóse á la mesa con su padre, probó de todo y no comió nada. Retiróse otra vez á su cuarto; volvió á sus meditaciones, cerrando los ojos y mirando hacia dentro para recrearse en la contemplación de lo que de este modo veía desde el día anterior; y estando tan bien entretenida, llegó la Galusa, raboneando, para decirla, con voz de serrucho, que su sobrino Marcos la esperaba. ¡Adiós sueños regalados!
—Y ¿qué me quiere?—preguntó Inés ásperamente, como quien se despierta con la sacudida brusca de un importuno.
—¡Ésta si qué!—dijo con desgarro la Galusa.—¿Á que resulta ahora mesmo que hasta mos cojea la memoria? Pos el mi sobrino vendrá á lo que ha venío tantas veces á esta casa, y con buen aprecio de los que ahora paece que lo miran de otro modo... y ellos sabrán por qué... ¡María Madre, con los dengues de empalago que se usan tan de súpito y contino!... Conque ¡ea!—añadió de pronto, silbándolo mejor que diciéndolo, y empinándose sobre los soletos, como una culebra sobre su rosca,—¡á ver qué se le dice!
Alzóse también Inés indignada con el atrevimiento de la fregona, y la respondió, con una entereza nueva en la hija pacentísima de la pobre mártir: