—De lo que hay que decir y de lo que haya que hacer, no necesito yo dar cuenta á nadie. ¿Lo entiendes?
Entendiólo, y de firme, la Galusa; y hecha un fardo de veneno, se largó de allí dando un portazo furibundo.
Á poco rato salió también Inés, y se fué en derechura y, al parecer, muy animosa, al cuarto de las lecciones, donde suponía que estaría aguardándola el sobrino de su criada. Y allí estaba, en efecto, el seminarista con sus arreos de diario, arranciados y sebosos; el cervigón encorvado y la caraza medio iracunda y tristona.
Saludó á Inés entre dientes, y casi del mismo modo le respondió ella sin sentarse en la silla de costumbre ni decirle una palabra más. Quedáronse, pues, uno y otro frente á frente y en silencio. Viendo que ella no le rompía, rompióle él de este modo, con la voz muy temblona y el color verdinegro, señal de las cóleras que le batían interiormente:
—Pues yo he venido, como de costumbre, á tener el gusto de que... continúen las lecciones.
—Estaba en cuenta—respondió Inés, con voz no muy firme tampoco,—de haberle dicho á usted, días hace, que deseaba suspenderlas.
—Hasta que pasara San Roque, si yo no entendí mal—replicó el de Lumiacos;—y como ya pasó ayer...
—Pues yo quise decir—repuso Inés,—que también después que pasara.
—Juraría—insistió Marcones algo amoscado,—que no había trazas de pensar eso en el modo de decir lo que usted me dijo.
Cargóse un poco Inés con la frescura del mozallón, y le respondió: