—De todas maneras, lo digo ahora, y es igual.
—Eso ya es distinto—concluyó Marcones temblándole los labios; y añadió en seguida, dando vueltas al sombrero entre las manos:—Lo que yo necesito es conocer la voluntad de usted, y nada más. Ahora ya la conozco... Pero conste que yo no creo haber dado motivos para que se me reciba hoy aquí tan secamente como se me recibe.
—Ni yo lo creo tampoco,—dijo Inés, arrepentida de no haber sido algo más afable con su profesor.
—Pues lo parece por las señas,—respondió el de Lumiacos creciéndose con el encogimiento de la otra.
—No siempre está una de igual humor,—apuntó Inés, manoseando las orillas del delantal.
—Es que—arremetió nuevamente Marcones alzando la voz á medida que le bajaba el color de los labios temblorosos,—yo siempre he venido aquí para prestarle á usted los servicios... insignificantes, que la he prestado, con la mejor voluntad y con el mayor... desinterés.
—¿Y le he dicho yo á usted algo en contrario?—replicó Inés atreviéndose á mirarle á la cara.—Una cosa es que no quiera dar ya más lecciones, porque... yo me entiendo, y otra muy distinta que no le agradezca á usted, como le agradezco, y mucho, ¡muchísimo! esos buenos servicios que me ha prestado.
Contemplóla unos instantes el mozón, con una cara en que se apedreaban las sonrisas contrahechas y el coraje comprimido; y dijo en seguida, sin cesar de sonreirse en falso:
—Ya me voy haciendo cargo de cómo anda el agradecimiento por acá... particularmente desde ayer.
Púsose algo colorada Inés, no solamente porque entendió la alusión, sino porque la irritó bastante la grosería, y contestó, con la voz alterada y los ojos humedecidos: