—Yo no le he dado á usted motivo para que me diga esas cosas.
Y con esto quiso retirarse; pero el otro la detuvo con un ademán y diciéndola al mismo tiempo:
—Ni una palabra ha salido de mis labios, Inés, con ánimo de mortificarla á usted... Lo digo yo, y basta. Y quede con esto saldada la cuenta que estábamos ajustando... Pero—continuó tomando una actitud que quería ser humilde y hasta sentimental,—¿cree usted, en buena conciencia, que, arreglada esa cuenta, no queda ninguna otra por liquidar entre los dos?
Conoció Inés por dónde iban los humos de aquel calero, y respondió valientemente y sin vacilar:
—Ninguna.
—¡Ninguna?—repitió el otro, dominando el despecho para fingir mal una pesadumbre.—Pues yo pensaba—añadió encrespándose de repente,—que había, por lo menos, una... ¡una, Inés, una!; y cuenta de vida ó muerte para mí... Haga usted memoria.
Inés se impacientaba, porque estaba sintiendo ya el estallido del escopetón de marras; y probó otra vez á marcharse, volviendo á negar que hubiera cuenta alguna que saldar entre ambos. Entonces la cortó el paso Marcones y la dijo, como á la desesperada ya:
—Hay una cuenta, ¡bien memorable para nosotros!... ¡que no debe usted olvidar!... ¡que no puede usted haber olvidado! Es la cuenta de mis desventuras aquí, de mis debilidades, de mis tropiezos; la cuenta de mi tesoro perdido, de mi vocación malograda por atender más á los intereses ajenos que á los míos propios; porque yo soy de esa contextura... Un día, dos días, le hablé á usted de estas cosas, de estas desventuras, de ese tesoro perdido... de esa vocación malograda. ¡Es imposible, Inés, imposible que lo haya usted olvidado!... Yo quería irme, desaparecer de aquí para siempre; volver al consuelo de mis libros, al refugio de mis piadosas meditaciones... ¿Lo recuerda usted?
—Eso sí lo recuerdo—contestó con bastante serenidad la pobre muchacha.—Y también recuerdo que yo tuve la culpa, y Dios me la perdone, de que se quedara usted.
—Ergo...—exclamó entonces exaltándose el fogosón de Lumiacos,—la cuenta está sin liquidar. Quod erat demonstrandum. ¿Nos vamos entendiendo ahora mejor, señorita Inés y aprovechada discípula mía?