—No, señor—respondió ésta con valeroso arranque.—¡Y á ver si acabamos de una vez! Yo le rogué á usted que se quedara; no para... eso que trae usted ahora á colación, sino para seguir dándome lecciones... en lugar de ayudarle á que se marchara cuanto antes, después de haberle oído lo que le oí sobre... eso.

—Se estima la franqueza—dijo aquí, verde de rabia, el despechado pedantón;—pero conste que, mientras usted me mandaba, me pedía... me rogaba que no me fuera, y yo consentía en ello, ipso facto quedaba... eso sin ventilar.

—Está usted muy equivocado—insistió Inés sin perder el valor con que había empezado á guerrear contra aquel zoquete.—Eso se ventiló también entonces.

—¡Cómo!

—Conviniéndonos en no volver á hablar de ello, y en dejarlo á lo que Dios dispusiera.

—Corriente...

—Y Dios ha dispuesto que se acabe así, como yo quiero que se acabe.

—¡Dios!—gruñó Marcones al oir esto, como hablaría un mastín irritado, si supiera hablar.—¿Dios... ó el diablo en figura de algún indianete impío?

Á esta embestida brutal ya no quiso contestar Inés, y salió del cuarto, aunque muy indignada, mucho más afligida. El lance daba para todo en una naturaleza tan noble y delicada como la suya.

Poco después de esta escena, Marcones se encerró con su tía para darle cuenta de lo sucedido.