—¡Esto se acabó!—la dijo por entrar, golpeándose la cabeza con los puños, después de haber arrojado el hongo roñoso contra la pared.—¡Esto se acabó, tía!... ¡y sin compostura!... ¡y para siempre! ¡Mal rayo me parta!... ¡y á usted primero!... ¡y á la desagradecida de ella!... ¡y al pillo de su padre!... ¡y al sinvergüenza fachendoso que se me metió por en medio de repente!... ¡y al lucero del alba!... ¡y al universo mundo!

Y después de este estampido, el pedazo de bárbaro se tumbó sobre la cama de su tía, y comenzó á revolcarse allí y á morder las almohadas de coraje...

Dejábale hacer la Galusa, sin hablar más palabra que para recomendarle que gritara menos y no la rompiera «dá que cosa,» alejándose al propio tiempo de él todo cuanto permitía la estrechez del cuarto, por si la alcanzaba «dá que golpe;» y cuando le vió rendido y jadeante, como cerdo después de una trotada, acercósele poco á poco, sorbiendo la moquita y en la postura que le era habitual en casos tales, y le habló así:

—¡Bien calá me la tenía yo, hijo del alma!... ¡Y po-la-mor de Dios, no te güelvas á amontonar, que si mos oyen esas gentes, será entoavía pior! ¡Bien calá me la tenía acá dentro, hasta en los istantes en que tú me lo pintabas tan fino y pasadero como una seda! Mucho bocao era pa molío tan pronto; ¡y veía yo cosas y remilgos en ella!... Pero lo que toca dende ayer acá; dende que se entró ese hombre por estas puertas, y te echaron á tí de la sala, y vino ella á la cocina, y pasó lo que pasó en la mesa, ciego de remate había que ser pa no verlo tan claro como la mesma luz del sol. Ayer tarde te lo dije: «esto voló pa sinfinito.» Pos ¿y dispués? ¿Cómo golvió de la romería la gatuca mansa? Como sal en el agua: derretía de too. Pos ¿habló palabra ella? ¿Cató bocao? ¿Pegó los ojos en la santa noche de Dios? ¿Amorzó esta mañana? ¿Comió al meodía?... ¿Tocaron sus manos silla ni escoba? ¿Sabe ella lo que hace ni por ónde anda ni pa qué quiere los cinco sentíos, si no es pa?... ¡Güen hechizo la dieron de súpito y contino! ¡El demonio de la pícara bribona! ¡Pos dígote con él! ¡El baldragucas pordiosero, embarcao de limosna ayer por el borrachón de su tío, y hoy no le cabe en el pueblo y se va al altar mayor á locir los perendengues de la otra banda, que Dios sabe de qué serán y quién se habrá quedao sin ellos! ¡María Madre!...

—¿Me quiere usted dejar en paz, grandísima bruja de los demonios?—rugió en esto Marcones.—¿Me quiere usted dejar en paz; usted que tiene la culpa de todo lo que á mí me pasa hoy?

—¡Yo la culpa, arrastraón de Satanás?—contestó la Galusa, puesta en jarras de repente y largando en lluvia la saliva por los portillos de la boca.—¡Yo la culpa?

—¡Usted, sí!—añadió el sobrinazo, sentándose al borde de la cama, que crujió como sí fuera á hacerse trizas.—Usted fué quien me puso en el camino ese; usted quien me empujó para que anduviera; usted quien me prometió limpiármele de estorbos... y usted quien no ha sabido cumplir ni pizca de lo que me prometió, ayudándome como debió ayudarme.

—¡Grandísimo hijo de una perra ladrona, desalmaote y gandul!—replicó la Galusa, que bailaba de coraje escuchando á su sobrino.—¿Á qué me comprometí yo que no te haiga cumplió con sobras pa otro tanto? ¿Quién más que tu tía ha mirao por tí? ¿Quién hizo las miles bajezas y se arrastró por los suelos pa sacar á esta garduña la ayuda de costas pa los tus estudios, cuando yo pensé que la iglesia te jalaba? ¿Quién malgastó esos dineros y se me metió un día por estas puertas con el moco lacio, pensando en buscarse la puchera de otro modo? ¿Quién de los dos puso más partías en la cuenta que ajustemos sobre el caso? ¿Quién era el que había de llevarse los mundos por delante con la cencia que no le cabía en el pellejo? Pensando que eras auto pa lo que prometías, siquiera por lo caro que me ibas saliendo y lo mucho que te emponderabas, bien de solfas tuyas la canté pa allanarte el camino; bien te guardé la puerta cada tarde, y bien libre te dejé de estorbos el terreno pa que mejor te despacharas á tu gusto. Si no tuvistes alma, cobardón, pa agarrar las ocasiones por la greña, y si con ese geniazo de perro de cabaña y ese corpanchón de fardo mal atao, te has hecho aborrecible al padre y á la hija, ¿qué culpa tiene tu tía de ello?

Hay que tener presente, para formarse una idea aproximada de aquel cuadro, que la Galusa, por temor á que la oyeran, no gritaba: expelía las iras por la boca, entre hervores y silbidos de las fauces, retorciéndose el cuerpo sarmentoso y con los ojos flameando, casi fuera de sus órbitas ensangrentadas. Estaba espantosa; y su sobrino, por no verla ni oiría, cerró los suyos, se tapó los oídos con las manazas, y volvió á tumbarse boca abajo en la cama, donde lloró de rabia y de despecho.

La furia, anhelante, con los labios amarillos y entreabiertos, temblorosa y desencajada, volviendo á poner los puños sobre las caderas, inclinóse hacia su sobrino; le estuvo contemplando unos instantes como si se gozara en sus tormentos, y luégo comenzó á hurgarle, entre sollozo y bufido, con piropos como éstos: