—¡Echa, gandulón, echa! ¡echa la mala casta con los hígados por los gañotes! ¡echa por esos ojazos el solimán corrompío que te sobra en la entraña, á ver si, limpio de tanta maldá, acabas de estimar á tu tía en lo que debes!... ¡Desalmaón! ¡mondregote!... ¡cochinazo!

Marcones estaba entregado, ó no oía los vituperios con que le acribillaba la Galusa implacable; porque no respondió una mala palabra, ni levantó la cabeza, ni separó las manos de sus oídos. Al fin dejó también de gemir y de lanzar rugidos sordos entre las almohadas; y sin duda por creerle bastante domado ya, cesó también la furia de mortificarle. De pronto se incorporó el hombrazo; y clavando los ojos, hinchados y sanguinolentos, en su tía, la dijo, conteniendo á duras penas y en fuerza de contorsiones, el torrente de su voz que quería escapársele de la garganta:

—¡Si, bien considerada mi desgracia, yo no sé por dónde me duele más! ¡Si voy creyendo ahora que, por encima de lo que tiene en dinero esa mujer, la estimo á ella en lo que vale por sí sola! ¡Si de un tiempo acá, por donde quiera que voy, en donde quiera que me hallo, me persigue su estampa como una tentación de los demonios! La tengo metida aquí, ¡aquí! (y se golpeaba la cabeza); y desde que sospeché lo que había de sucederme y, sobre todo, desde que sucedió lo que me está sucediendo, más que estampa de mujer, es fuego, es lumbre que me devora y me enloquece, y me pone como usted me ha visto, y me obliga á decir lo que no siento.

—Eso ya es otra cosa—dijo entonces la Galusa, como si nada hubiera pasado entre los dos,—y güeno es saberlo pa tenerlo en consideración al respetive de ca uno. En este mundo, bien lo sabes tú: al son que se toca, bailan las gentes; y según que con razón ó sin ella se la agravia á una, al mesmo consonante se responde, anque no se sienta la metá de lo que se diga. Conque, hazte tú el cargo por lo que te toca en la engarra pasá... y vamos á lo que no da espera. ¿Qué tienes cavilao pa en seguida, dispués de lo que te está pasando?

—Nada,—respondió Marcones en el mayor abatimiento.

—Poco es ello—dijo la Galusa,—pa lo que el caso pide. Pos yo, días hace que estoy pensando en lo que debes hacer.

—¿Y qué es lo que usted ha pensado?

—Que parando el negocio éste en lo que paró, y dándole por finiquito pa en jamás... porque hay que conocelo, Marcos: á las cosas que caen de este modo, no hay juerza humana que las levante...

—Pero ¿qué es lo que usted ha pensado?—insistió el otro, impaciente, y más que impaciente, atormentado por aquel parecer de su tía, precisamente porque era el suyo también.

—Yo he pensao—continuó la Galusa encareciendo mucho el dictamen con gestos y contorsiones,—que si no tienes agallas pa apechugar con el oficio de tu padre, debes tratar de golverte á tus estudios... porque, hijo del alma, no hay en ca güerto una breva como la que se ha perdío aquí, ni es cosa de echarse por el mundo á buscar las pocas que hay en él, ni, la verdá sea dicha, eres tú de los más amañaos pa salirte con la tuya en casos tales... Y no te me güelvas á soliviantar, como paece por las trazas, porque ya sabes cómo las gasto... cuanti más que, estando en lo que estamos y viendo lo que pasa, hay que hablar en pura verdá, anque ella mos descuaje... Más he perdío yo, si bien se mira, y me aguanto. Tú, mozo eres y en tiempo estás de hacer por la vida. Yo he gastao la mía en servir á un bribonazo; y á la hora presente, si me echara de su casa, tendría que irme á pedir limosna con un cestuco. Día es éste en que no he podío ajustar mis cuentas con él. ¿Qué tal estarán, dejás á una concencia como la suya? ¿Te vas hiciendo el cargo de lo que yo salí perdiendo con no ganar tú lo que querías? Pos ahora, tu dirás.