—Digo—respondió Marcones domando mal las tempestades que le combatían,—que mientras esto no termine de un modo imposible, enteramente imposible, ¿lo entiende usted? absolutamente imposible de remediar, yo no puedo, ni debo, ni quiero pensar en buscarme otros caminos para vivir sin trabajar la miserable tierra en Lumiacos; porque lo que es en esto, no hay que soñar siquiera. Primero que rascaboñigas pobre, sería ladrón de caminos, ó me tiraría de cabeza desde la cruz del campanario.
—Curriente—dijo la Galusa cruzándose de brazos.—Y ¿á qué llamas tú ser imposible de arreglar... eso que se mos desarregló?
—Á que esté casada ella,—respondió Marcones.
—¡Pero si es ella, simplón, la que pior cara te pone!... ¡Ah, pos si no!...
—Por lo mismo. Seré el perro del hortelano.
—¡Si tuvieras, tan siquiera, los güesos que él roía, pa ir viviendo hasta allá!... Porque la cosa pué ser de dura larga, anque te paezca destinto por lo del fachendoso de ayer... Aparencias de fanfarria... si es que no viene el tuno á buscar aquí lo que no has podío hallar tú... ¡Y la tontona de ella que se feúra otra cosa!
—Sea lo que fuere, tía, yo no la perderé de vista, por lo menos mientras ese nuevo fregado no se aclare de un modo ó de otro. Me da el corazón que yo he de tener algo que hacer aquí todavía.
—¿Corazoná dijistes... y tuya? ¡Madre de Dios! Mira, testarudón del diaño, y hate cargo, pa que me creas, de que, si no soy bruja, voy ya picando en vieja, que pa el caso es lo mesmo: cuanto más pernees y te corcomas delante de ella, más los regalarás el gusto á los dos. ¿Qué más querrían los pícaros!... ¡No seas bobo!... echa cruz y raya á lo pasao; no pongas más los pies en Robleces, y menos en esta casa, y güélvete á tus libros. No llegarás á santo por ahí, porque, á la verdá, no eres de la madera de ellos con esa carnaza tan mordía del ujano, que Satanás te dió; pero tendrás la puchera que buscas, sin machacar los tarrones de Lumiacos.
El sobrinote oía, se golpeaba la cabeza y no contestaba; y la Galusa, insistiendo en su tema, permanecía delante de él mirándole fijamente y con los brazos cruzados. Al fin, y después de un bufido descomunal, púsose Marcones de pie y dijo á su tía, alzando los dos brazos á un tiempo:
—Pero, consejera de los demonios, ¡cómo he de volver yo al seminario, aunque fuera capaz de pretenderlo? ¡Por qué puerta quiere usted que entre, si todas se me cerraron cuando de él salí la última vez? Y aunque alguna de ellas se me abriera, como por milagro de Dios, ¿de dónde me saca usted los recursos con que antes me ayudaba? ¿Ó piensa usted que á una cabra tan villana como ese hombre, se la puede ordeñar dos veces?