—Eso, ni soñalo, Marcos, ni soñalo... ni yo ¡Virgen Madre! me pondría en asomo de pretendelo—respondió la Galusa; y luégo, bajando más la voz y acercándose más á él, que apartaba la cara por no recibir en ella el rocío en que salían envueltas las palabras, añadió éstas:—Contaba yo con ese reparo que me pones de la ayuda de costas, porque del otro no hay mucho caso que hacer: no jué la tuya, falta que merezca cárcel, y otras más gordas se habrán perdonao allí. Pos contando con lo que te digo, sépaste ahora que, por güeñas ó por malas, mano á mano ó por la de la Josticia, ese hombre ha de arreglar las cuentas conmigo, y pienso que sea bien aína. Le he servío más de venticinco años, y de su bolsa á la mía ha pasao muy poco más que el coste de los cuatro pispajos con que me visto. Por mal que se me pague mi trabajo en ese tiempo, siempre saldrá un resultante de más que lo que á tí te hace falta pa acabar los estudios. Vistas las cosas como se debe, si no me muero yo antes, muerto este hombre, cuéntame á mí de patas en la calleja. Pa vivir con ello solo, ese resultante no será cosa mayor... ¿estás tú?
—Estoy; ¿y qué?
—Que si quieres ser cura y te comprometes en regla á llevame á mí á tu lao cuando lo seas, yo te daré el sustipendio pa que acabes los estudios.
—¿De lo que le saque usted á la cabra esa?—preguntó Marcones á su tía, después de una mirada de burla.—¡Como no se lo robe!
—¡Ojalá pudiera, Marcos! ¡ojalá pudiera!... Y bien sabe Dios, y no me remuerde la concencia por ello, que tengo hechos los imposibles por meter los brazos hasta el codo; pero el arrastrao, tan... cabra es, que no lo tiene en cosa en que se puedan jincar las uñas de repente; y primero se le descubrirán las costillas, que un ochavo en sonante.
—¡Como que se va usted á confesar conmigo ahora!... ¡Vaya con la inocente que se pasa de maliciosa!
—¿Pos qué te piensas, alma de Dios? ¿Piensas que yo tamién tengo gato, y quiero escondele de tí con esto que te digo?
—¿Y se le busco yo á usted por si acaso? Buen provecho le haga. Yo también, en lugar de usted, le tendría, como usted le tiene.
—¡Como le tengo yo!
—¡Pues claro! ¡Buena es usted para estar veinticinco años en una casa como ésta, donde lo hay, aunque sea en telarañas!... Al fin, del duro se ha de sacar, y no del desnudo; y á poco que se vaya quedando entre las manos cada vez, á fuerza de pasar y pasar...