El Berrugo pareció sorprenderse con la advertencia de su hija; pero en seguida se encogió de hombros y respondió cínica y fríamente:

—¡Bah! De las uñas de esos dos enemigos, ya te guardará el aborrecimiento que los tienes.

Y se largó de allí chasqueando los dedos de la mano izquierda y arrastrando el cabo del rastrillo con la derecha. La Galusa, después de echar á Inés una mirada que era un látigo empapado en vinagre, se largó también.

La desdichada Inés fué la única que se quedó allí: fría, espantada, sin alientos para moverse, ni lágrimas en sus ojos para desahogar las angustias que no la cabían en el pecho.


XXVIII

EN EL FONDO DEL ABISMO