Ocurrió del modo siguiente: llegó á Lumiacos un indiano de aquel pueblo. Era joven todavía, no muy hablador, y poco apegado á la tierra, porque la tachaba de miserable. Á los ocho días de haber venido, ya estaba deseando marcharse. Quejábase de que le saqueaban vivo aquellas gentes «hambronas,» empezando por las de su casa. Fuera de este achaque, no parecía mala persona. Hablando de estas cosas una vez con Marcones, que era el único ocioso del lugar, le preguntó el seminarista si conocía «por casualidad» á Tomás Quicanes el de Nubloso. Á lo que respondió en seguida el de Lumiacos:
—¡Pues no he de conocerle, camará?... Y remuchísimo que le conozco.
—¡Hola, hola!—exclamó al oirlo Marcones, ávido de noticias del hombre á quien más detestaba en el mundo.—Y ¿qué tal, qué tal sujeto es?
—De primera—respondió el otro.—Es mozo que sabe de todo; que habla como un libro, y además, tres lenguas; que plumea como nadie; que en Cuba se codeaba con lo más curro y más letrado... y que ha visto mucho mundo. Es sujeto de cuenta, créame, camará. Y todo se lo debe á sí propio. No le conozco más que un pero.
—¿Cuál es, cuál es?—saltó Marcones como si quisiera quitar al preopinante aquel pero de la boca para saborearle pronto.
—Pues, camará—respondió el indiano,—el pero de que no tiene un cuarto, que no es chico pero.
—¡Qué me cuenta usted?—exclamó Marcones, no sabiendo contener su alegría.—¡Conque sin un cuarto!... Á esquina, que decimos acá; paupérrimus, que diríamos en la gran lengua madre. Pues, hombre, bien se pavonea por ahí, cargado de perendengues, y bien de millonadas echa por la boca cuando llega el caso.
—Tiene buenos equipajes; no es tan pobre como para morirse de hambre en cuatro días, y puede que alguna vez le haya dado por esas bromas, aunque nunca oí que por ahí le diera.
Y no pasó más. Con ello en el buche, picó Marcones para Robleces; entró en la casona por la portalada del corralón de atrás, cerca de la que arrancaba una escalera que iba á descargar enfrente de la cocina; atisbó desde la puerta, oyó á su tía, tosió de cierto modo, oyóle ella, salió, entendióle que no quería ser visto, bajaron los dos la escalera, salieron del corralón; y arrimaditos á la portalada, ella hecha toda oídos y moquita, y él todo mugre y veneno, dijo el sobrinazo gandul á la bribona de su tía:
—Ha llegado á Lumiacos un indiano que conoce mucho al de Nubloso; y resulta de sus informes, que el caballero relumbrante del altar mayor es un tuno como una loma, sin un cuarto y muy desacreditado en Cuba... ¡Si me lo daba á mí el corazón el otro día! Conque ya lo sabe usted; y ahora, en seguida, el golpe bien aplomado y donde deba darse. Después, ya me dirá lo que vaya resultando, porque yo me vuelvo sin parar por donde he venido.