Y no pasó más que esto entre el sobrino y la tía. Subió ésta á escape la escalera, sabiendo que estaba en casa en aquel momento «el fachendoso,» porque le había sentido entrar media hora antes de que llegara su sobrino; husmeó el aire como perra golosa, averiguó dónde trajinaba su amo, corrió allá, apartóse con él á un lado, y le embutió en los oídos las noticias recibidas de Marcones, con toda esta fidelidad:
—Acabo de saber por boca que nunca miente y lo tomó de otra que tal, que el caballerazo ese que tanto se despepita por Inés y le hace á usté la rosca en toas partes, es un pillo de primera; que no tiene un ochavo, ni crédito ni vergüenza; que ha estado en la cárcel por tramposo, y viene ajuyendo de allá, por temor de que le manden á presidio. Tiene á Inés por rica, y eso anda buscando él con el deslumbre de unos ropajes que debe al que se los vendió.
—¿Quién ha dicho eso?—la preguntó el Berrugo en seguida, pero sin mirarla á la cara, por no vérsela.
—Otro indiano más honrao que él, que acaba de llegar de la otra banda, y le conoce mucho. Yo ni entro ni salgo en cosas que no son mías; pero tengo ley al pan que como; soy mujer de concencia, y, por lo que valga, ahí le queda á usté eso que le he dicho.
Y se fué, sorbiendo la moquita y arrastrando las chancletas.
Al Berrugo le sobraba todo lo de la cárcel y lo del presidio. Con saber que no tenía un cuarto y era muy listo y algo despilfarrado el caballerete del altar mayor, le bastaba. Este era su gran delito. Hasta qué punto serían ciertas las noticias de ello, lo averiguaría él del mismo interesado, porque sabría ponerle en ocasión bien apretada. Con noticias y sin noticias, estaba ya resuelto á echarle el «alto» de un momento á otro.
Conque dejó lo que estaba haciendo, que era poco más de nada, y se fué en derechura á la solana, donde sabía él que estaban «de palique» los dos, y ocurrió lo que el lector ha visto al final del capítulo antecedente.
Ni en aquel día ni en aquella noche consiguió Inés darse cuenta bien arreglada de lo que la estaba pasando. Eran sus pensamientos como un oleaje de mar brava que hubiera invadido de repente su cerebro. No podía traducir en ideas coordinadas los sucesos. Teníala del estruendo, del desastre, de los celajes pavorosos, del huracán desatado, del desconsuelo, del abandono, de los grandes dolores, de la soledad del alma, de las angustias de la agonía; porque de todo esto había algo dentro de su corazón y de su cabeza, pero revuelto y agitado. Sabía que todo aquel conjunto era un martirio; pero no atinaba á distinguir cuál de ello la mortificaba más, ni en dónde ni por qué. Su discurso estaba á obscuras y perturbado, por exceso de ideas tristes y de impresiones dolorosas.
Á la madrugada la rindió el sueño, que fué bien poco benéfico con ella, como todos los sueños que caen en cerebros tempestuosos; porque al despertar de él fué cuando empezó su verdadero martirio. Con aquel reposo no había logrado más que la triste ganancia de que cada elemento de la tempestad se disgregara por su lado; pero la tempestad allá le quedaba, en pedazos, si pudiera decirse así, que la batían con diabólica estrategia y á cielo sereno, para que mejor se viera y se estimara su destructora labor. ¡Tantos y tan largos días de recelos mortificantes; desaparecer éstos de pronto; disiparse aquella nube negra, que era la única mancha del cielo de sus ilusiones; volver á ver la luz risueña y el alma en reposo; y en otro instante caer en las tinieblas de un abismo, y verse prisionera allí! ¡y con qué carcelera, Virgen de la Soledad!
Á las brusquedades de su padre, á la sequedad de su alma, ya estaba bien acostumbrada; á la excomunión lanzada por él sobre sus amores, era posible acostumbrarse á fuerza de meditar en ella buscando el modo de conjurarla y con la esperanza de encontrarle; pero ¡á aquel nuevo género de tiranía!...