Se podía haber arrojado de casa al otro, como se le arrojó, por tenerle en poco: esto hasta era de esperarse después de visto que el caballero ostentoso del día de San Roque, era pobre; se podía haberla reprendido por pensar como pensaba en este delicado punto; haberla amenazado... hasta castigado á golpes, porque todo ello cabía en la especial naturaleza de su padre, y, aunque injusto y cruel, no la afrentaba; pero ¡entregarla de una manera tan humillante, bárbara é injuriosa, al arbitrio de aquella mujer desalmada y grosera, que la detestaba y tenía rencores que desahogar sobre ella!...

Jamás hubiera creído á un padre capaz de tan despiadados rigores con un hijo... y por primera vez; porque aquel disgusto era el primero que ella daba á su padre, y aquel castigo el primero que de él recibía, y por una falta bien disculpable... ¿No la había animado él mismo á que pusiera buena cara al otro, cuando le consideraba rico? ¿Y así, con esa facilidad, dejaban de ser buenos los hombres que lo habían sido?... ¿Y era todo ello un juego de chanza, para tomarle y dejarle con la frescura que su padre quería? ¡Imposible que no llegara á tener estas cosas en consideración! La misma enormidad del castigo la hacía creer que era obra de un arrebato que pasaría, más ó menos pronto; pero que pasaría... Al fin, era su padre el juez.

Entre tanto, de tal modo la espantaba la condición singular de su cautiverio, que por huir del bochorno de que la abominable carcelera extremara en daño suyo las amplias atribuciones que la habían dado, huía hasta de los resquicios de las puertas por donde se filtraran el aire y la luz, y deseaba la noche, martirio de los atribulados que no duermen; porque, siquiera, aunque velando y padeciendo, encerrada en su cuarto durante aquellas negras horas, estaba libre de los asedios y de la presencia de la aborrecible mujer.

El primer día, menos mal, porque la Galusa se satisfizo con pasar y repasar á su lado para gozarse en la contemplación de su angustia, y en lanzarla miradas torcidas como para darla á entender: «por aquí ando, y ya sabes para qué.» Al segundo día, ya comenzó la mortificación directa: si estaba sentada Inés, porque no se movía ni trabajaba como era debido; si, por distraerse, trabajaba, porque aquello no era trabajar, ni arte, ni remango, ni cosa que se le pareciera; porque la vió despeinada una hora después de levantarse, que «dejadona» y que «puerca» y que «á aviarse pronto, porque en la casa está todo por hacer;» porque salió muy peinada más tarde y bien ceñida de ropa, que «la marimoños, y la relambida, y la piripuesta, y la señoría de cuerno,» y que en «esas morondangas mos pasamos las horas,» y que «así sale ello dispués y vienen las desazones á los padres de bien que no merecen hijas tan deshacendás y correntonas,» y que «ya te lo dirán de misas y las irás pagando poco á poco, que güeña falta mos hace.» Y así todo el día. Á su padre, solamente le veía en la mesa; pero, como lo tuvo siempre por costumbre, devoraba en tres ó cuatro embestidas la bazofia que le ponían delante, y se largaba de allí sin hablar palabra, tan fresco y despreocupado como si nada hubiera ocurrido que mereciera la pena de hacerle cavilar un poco.

Al tercer día dieron los atrevimientos de la Galusa un avance de mucha importancia. Al volver Inés á su cuarto para peinarse, notó la falta del espejo, que media hora antes estaba colgado en su sitio. Sin sospechar lo que ocurría y como la cosa más natural del mundo, fué á preguntar á la Galusa por él.

—Ese trampantojo, tentación de las holganzas de tontas y presomías—respondió la fregona con desgarro,—le ha sacao de allí quien tiene poderes pa ello: le he sacao yo, yo. ¿Lo quieres más claro?

—No se trata—dijo Inés con repugnancia,—de saber quién le ha sacado, sino de saber en dónde está, porque le necesito yo ahora.

—Ese espejo—insistió la Galusa con chocarrero retintín,—se ha sacao de onde estaba, porque no hacía falta allí; y como se ha sacao por eso, no tienes pa qué preguntar por él. ¿Lo entiendes? Á tientas me peino yo, que soy tan güena como la que más... Conque aplícate el cuento; y si te paece poco ese espejo pa verte los moños de cuchiflito, mírate en la sartén de la cocina; que, al último, pa los galanes que han de arreparar en tí... ¡Á la escoba, á la escoba y al remiendo, que eso hace más falta en la casa que rizos y perendengues!

Pensó Inés que tanta desvergüenza no podía caer dentro de las facultades que la carcelera había recibido para atormentarla, y corrió despavorida á referir el suceso á su padre.

El cual, como en un caso idéntico había hecho con su pobre mujer, después de oir la queja con una indiferencia glacial y hasta burlona, respondió encogiéndose de hombros y volviendo la espalda á su hija: