—Pues cuando ella lo ha hecho, bien hecho estará.
Y se marchó tan fresco.
Desde aquel instante tomaron los sufrimientos de Inés un nuevo carácter, y sus ideas otros rumbos. Hasta allí, se veía, aunque bajo una ley inicua, al amparo de la misma ley, que tendría sus límites determinados y sus cláusulas protectoras y relativamente benéficas; pero la aprobación de su padre al hecho incalificable de la Galusa; la insolencia de la una y el cinismo cruel del otro, le daban la norma de lo que podía llegar á ser su vida en una cárcel como aquélla. Considerábase abandonada de todo el mundo, y sola, maniatada é indefensa, entre dos fieras, algo así como una loba y un tigre. Se horrorizó; y por no enloquecer de espanto, salió de su habitación donde se había encerrado después de la respuesta de su padre.
En aquel instante cayó en su cerebro el germen de una idea bien extraña á la condición de su naturaleza, que, sin embargo, le acogió sin repugnancia. La fuerza del mismo huracán que se le había traído, le borró la impresión de la caída. Vino á ser ésta como una ráfaga primaveral y de relativo consuelo, en medio de tantas otras invernizas, desencadenadas y tempestuosas.
Aquella misma mañana había hecho el impaciente Marcones una escapada á Robleces, para preguntar á su tía «si se había dado el golpe» y con qué resultados. Entró en la casa lo mismo que la vez anterior, como un gatazo negro, golosón y ratero, por la escalera de atrás; salió de la cocina la Galusa, como lo que era; y aconsejándole que se largara de allí cuanto antes, porque convenía que no se le viera en Robleces hasta que ella le avisara, le dijo de prisa y al oído:
—Se dió el golpe, y como en la misma nuca: redondo quedó el otro. Ella está con el lazo al pescuezo, y yo tengo la punta del cordel en la mano y jalo de él lo que jalase debe hasta que me pida miselicordia. Cuando este caso llegue y se allane á entrar por el aro que yo la ponga delante, será la ocasión de venir tú, con el aviso que yo te dé, pa que resulte lo que se busca por ese camino, sin que lo sueñe el indecente de su padre, ni pueda estorbarlo con toa su maldá, que es mucha; porque el hombre ese es hechura del demonio, y el demonio le ciega...
Marcones se frotaba las manos, y al marcharse dijo á su tía:
—Pues tire usted firme del cordel, hasta que saque la lengua cuanto antes; y si ni por esas se da á partido, tire más, aunque la ahogue. Ó para nosotros, ó para nadie.
No necesitaba la Galusa, para ser mala, los consejos de su sobrino, que aún era peor. Tiró del cordel á cada instante en toda aquella mañana, después de lo del espejo, porque lloraba, porque andaba mano sobre mano, porque lo poco que hacía lo hacía mal... ¡hasta porque no respondía una palabra á sus desvergonzadas agresiones, que llamaba la pícara «buenos consejos!» Al llevar los condumios á la mesa, porque estaba la infeliz triste y desganada, más tirones y más recios, á las barbas de su padre que no desplegaba los labios sino para engullir la ración de costumbre, como una bestia en su cubil. Por la tarde, nuevas provocaciones y nuevos martirios; hasta que al anochecer, rendida de sufrir y sin saber cómo conjurar las iras de aquel demonio que, por los fines que perseguía y la impunidad que gozaba, iba emborrachándose en su propia maldad nativa, trató de encerrarse en su cuarto. No se lo consintieron ni la criada ni el amo; el cual la exigió que le acompañara á la mesa, porque le gustaba verla obediente y curada cuanto antes de «las puntas de soberbia» que la traían á mal traer.
Y no fué esto lo peor. Después de cenar, digo, de asistir á la mesa, porque cenar no cenó, al ir á la cocina á recoger su palmatoria de hoja de lata, con su correspondiente cabito de sebo, la Galusa, delante de los otros dos criados que acababan de cenar y estaban ya dormilentos y sin cosa alguna que hacer, la mandó con gran imperio, que antes de irse á la cama diera una barrida á aquel suelo, que buena falta le hacía. Resistióse Inés indignada, porque veía la intención de humillarla delante de aquellos testigos asombrados; y entonces la Galusa tuvo el atrevimiento de ponerle la escoba en la mano, diciéndola hecha un basilisco: