—¡Á barrer, porque yo lo mando!

Inés pensó caerse muerta de angustia; pero tal fué el exceso de su indignación, que la dió fuerza bastante para arrojar la escoba á la insolente fregona, y decirla al mismo tiempo, resuelta á todo ya:

—¡No quiero!... ¡Barre tú, que ese es tu oficio!

Inmediatamente volvió á coger la palmatoria y salió de la cocina, entre los dicterios y las amenazas de la Galusa; llegó á su cuarto y se encerró en él. Dejó la luz encima de su cómoda, arrimó una silla á la cabecera de la cama, sentóse y cayó llorando sobre las almohadas.


XXIX

EL PODER DE UNA IDEA