¡Era imposible que mujer alguna se hubiera visto jamás en una situación tan desesperada como la suya! Esto fué lo primero que se le ocurrió á Inés, abarcando con el pensamiento todo el cuadro de sus desdichas; y como por evocación milagrosa, surgió de pronto en su memoria el recuerdo venerado de su madre. Nunca supo ella de qué enfermedad había muerto, después de padecer tanto y tanto; pero desde niña, andaban siempre asociados en su memoria á los recuerdos de las grandes melancolías y desfallecimientos de la mártir, el de las durezas de su padre y el de los atrevimientos de la criada: la misma Romana, aunque no tan repulsivamente fea como la que á ella la estaba martirizando. Jamás podía pensar en lo uno sin que á ese pensamiento siguiera el pensamiento de lo otro. Eran ambos recuerdos necesariamente inseparables, como las figuras de un mismo cuadro. Y viendo por la propia experiencia lo que dolían las inclementes durezas de su padre y los inconcebibles atrevimientos de la criada, ¿no era bien llano y natural suponer que la enfermedad de esas mismas durezas y de esos mismos atrevimientos fuera la que había martirizado á su madre hasta quitarle la vida? ¡Y ese mismo martirio había comenzado ya para ella, sola, desamparada de todos, encerrada entre cuatro paredes, sin un alma que se apiadara de sus ignorados sufrimientos!... Una había, sí, una, capaz no sólo de compadecerla, sino de padecer por ella; pero ¿cómo enterarle de lo que sucedía en aquella cárcel? Y aunque se enterara, ¿de qué serviría, si aquellas puertas estaban cerradas para todos, y principalmente para él? ¡Y después de haberle conocido y de haber soñado un mundo tan hermoso para los dos, aquel negro cautiverio, aquel martirio incesante... y para siempre, para siempre, y ella al principio de la vida! ¡Imposible! No cabían en lo humano resignación ni fuerzas bastantes para arrastrar una cruz así. Morir de una puñalada ó de un veneno de la infame carcelera, menos mal; pero pisoteada, escarnecida, vilipendiada por ella; morir de sus improperios, de sus insolencias, de sus asquerosas altiveces, y sabiendo la víctima que este género de muerte le autoriza y le aplaude su propio padre, el que estaba obligado á defenderla y ampararla...
Y aquí la idea que había sentido Inés en germen por la mañana, apareció desenvuelta y en completo desarrollo en su cerebro.
Se incorporó sobresaltada, febril; calculó que habría permanecido como dos horas en aquellas fatigosas meditaciones, y que podría infundir alguna sospecha en sus carceleros la luz que se escapara por las rendijas de la puerta, si se fijaban en ella, y se levantó; fué á su pobre ropero, tomó de él un mantón de abrigo, se le echó sobre los hombros, apagó la luz y volvió á sentarse en la silla.
Ya no pensó más en la barbarie de su padre ni en las indignidades de la criada. Se entregó resuelta, decidida, al imperio tentador de la otra idea; no para poner en tela de juicio el más ó el menos de su cordura, pues sobre este punto ya no cabía dudar, sino para discurrir el modo de realizarla.
Esta labor duró más de una hora. Todo quedaba previsto y calculado; todo era posible y realizable ya, y todos los riesgos y todos los escrúpulos y todos los obstáculos de la meditada empresa, le parecían cosa de juego comparados con la espantosa realidad de su cautiverio. Escuchó sin moverse de la silla, con gran atención, y no oyó el más leve ruido en toda la casa. Dejó que corriera más tiempo, pareciéndole siglos los minutos; y cuando calculó que sería la media noche, sin vacilar un instante, sin querer dar oídos á los reparos que algunas veces la hacían sus timideces y debilidades de sexo, trémula por la fuerza misma de su resolución, se quitó los zapatos, y, con ellos en la mano, se fué hasta la puerta. Escuchó allí de nuevo, y no oyó otros ruidos que los que hacía dentro de su pecho el acelerado latir de su corazón. Tranquilizábala mucho la bien fundada reflexión de que no había en la casa quien la creyera capaz de lo que ella estaba proyectando á aquellas horas de la noche. Era seguro que todos dormían profundamente, y la Galusa más descuidada qué nadie. Además, creía con ciega fe que tenía á Dios de su parte y que no la abandonaría.
Levantó el pestillo y entreabrió la puerta, muy poco á poco. Todo era silencio y obscuridad en la casa. Salió al pasillo, cerró otra vez la puerta de su cuarto; y después de convencerse de que las tablas del suelo no crujían; bajo sus pies, siguió andando á tientas por el carrejo, hasta tropezar su mano derecha con la puerta de la cocina: enfrente estaba la que abría á la escalera de atrás, y cuya llave se dejaba siempre en la cerradura. Dirigióse á aquella puerta, y, en efecto, tenía puesta la llave. Pero ¿rechinaría la cerradura? Por si acaso, volvió la llave con sumo tiento. Ni las moscas, si las había por allí, debieron de oirla. Esto la animó, y sacó la llave de la cerradura; abrió lo menos que pudo de la puerta, que tampoco rechinó; salió á la meseta, y volvió á trancar por fuera para que el viento, si salía, no golpeara la puerta y pusiera en alarma á los de casa antes de lo previsto. Hecho esto con toda felicidad, recogió la llave, que, dejada en la cerradura por aquel lado, podía servir de señal para conocer el camino de la fugitiva, y bajó la escalera. Estaba segura de que el postigo de la portalada del corralón se cerraba por dentro con un pasador de hierro, y así era. Descorrió el pasador sin la menor dificultad, salió á la calleja y dejó cerrada la puerta con el pestillo. Allí se calzó los zapatos. Tenía los pies helados y las medias húmedas, por la frialdad y el rocío de la escalera, que era de piedra.
Pero, aunque el cielo estaba estrellado, ¡qué obscura era la noche, y qué miedo la daba verse allí sola! No quiso pensar en eso, por no desfallecer cuando más necesarias le eran la serenidad y la energía; y encomendándose á Dios nuevamente, tomó la calleja que conducía á la llosa Grande. Por de pronto, salir de las inmediaciones de su casa. Si la debilidad de mujer, y de mujer nunca vista en tales apreturas, llegaba á vencerla, que fuera lejos de allí y donde no pudiera apiadarse nadie de ella y la volviera á su presidio, creyendo ejercer un acto de caridad. Ya en la llosa, y después de tropezar mucho en los cantos de la calleja, detúvose á respirar, considerando de paso lo que la restaba por hacer. Conocía el camino por donde se comunicaban la llosa y las praderas de abajo; pero ¿daría con él en una noche tan obscura y con la intranquilidad en que se hallaba? Y después de verse en las praderas, ¿sabría continuar hasta la sierra?... ¿tendría valor para tanto? ¡Es increíble la fuerza que infunde la desesperación! Aquella mujer tímida, humilde por naturaleza, retraída y recelosa por hábito, no vaciló un instante y se lanzó al abismo de sombras, huyendo de la tentación de arrepentirse de una empresa que la hubiera parecido espantable locura unos días antes.
Siguiendo el camino de la llosa sin extraviarse, bajó á las praderas y continuó andando de prisa, muy arrebujada en el chal, tiritando de zozobra y ensañándose en los recuerdos de su pasado martirio, para hacer más llevadero aquél que estaba sufriendo... Pero ¡qué obscuridad tan cerrada! ¡qué silencio tan temeroso! ¡qué soledad la suya, y qué inmensidad la de aquel negro espacio vacío!... ¿Avanzaría más, ó retrocedería siquiera hasta el bardal de la llosa, para aguardar, acurrucada allí, más cerca del barrio, á que alboreara el día? Pero ¿no era ya tanta la distancia hasta la llosa como hasta donde ella iba?... Ciertamente. Luego se hallaba en un punto alejado por todas partes de todo humano auxilio. ¡Y entonces sí que se aterró de veras, y comenzó á oir ruidos de los más extraños; hasta voces que la amenazaban, y como lamentos de agonizantes; y á ver bultos más negros que la obscuridad, que venían de lejos hacia ella! Apretó el paso, que llegó á carrera, y cerró los ojos que para nada necesitaba allí, sino para levantarlos á menudo al cielo, del que los bajaba en seguida, porque hasta el titilar de las estrellas le daba miedo. Y corre y corre desalentada y anhelante, con el pecho oprimido y la boca entreabierta para respirar el aire que pasa por la estrechez de su garganta contraída, frío y cortante como la hoja de un puñal; y los ruidos no cesan; y uno de ellos le parece la voz infernal de la Galusa que la persigue arrastrando las chancletas y llenándola de improperios. Se le figura que oye sus pasos ya muy cerca, y corre más todavía para que la fiera no la alcance; pero sólo consigue aumentar la fatiga, porque la inmunda carcelera corre más que ella... y al fin la alcanza... y la pone la mano sobre el cuello... y la agarra por el chal... y entonces la infeliz prisionera lanza un grito de angustia, que repiten los ecos de aquella soledad, con lo que su espanto llega al paroxismo; vacilan sus piernas, falta el aire en su pecho, y cae desvanecida junto al vallado de la sierra.
Tardó largo rato en volver en sí, y otro mayor en darse clara cuenta de lo que la había pasado. Orientóse al fin; y reconociendo el vallado, recobró de nuevo los ánimos perdidos, porque sabía que desde allí ya se columbraba de día el refugio que ella iba buscando. Levantóse y tomó resueltamente el camino de la sierra; y siguiéndole con no poca dificultad, por ser algo más áspero que el de las praderas, llegó á casa del Lebrato. El humilde soportal le pareció un palacio, más grande y ostentoso que todos los palacios de verdad que ella tenía imaginados. Se acercó á la puerta, ó mejor dicho, se pegó á ella; y golpeándola sin cesar con ambos puños muy cerrados, gritó, arrimando la enardecida boca á la cerradura:
—¡Pilara!... ¡Juan Pedro!... ¡Ábranme pronto, por el amor de Dios!