No tardó en oiría el Lebrato, que era ligero de dormir. Sintióle con delicia Inés andar detrás de la puerta. Antes de abrirla preguntó:

—Pero ¿quién llama á estas horas con tanta prisa?

—¡Soy yo, Juan Pedro!—respondió la de afuera anhelante.—¡Soy Inés!

—¡Santísimo nombre de Dios!—exclamó desde adentro el Lebrato, mientras abría la puerta aceleradamente.—¡Qué peazo del cielo se habrá caído, pa que tal asombro suceda esta noche?

Abrió; entró Inés, ó más bien, se lanzó dentro; y á la luz del candil que tenía el Lebrato en la mano, pudo verla, para colmo de su asombro, pálida como la muerte, desencajada, anhelosa, con el cabello desmelenado sobre los ojos, y todo su vestido en desorden. Sin preguntarla lo que sucedía ni esperar á que ella se lo dijera, comenzó á gritar, arrimándose á una puertuca del fondo, frontera á la cocina:

—¡Pilara!... ¡Pedro Juan!... ¡Arriba en el aire, que vais á tener aquí algo que hacer!

Después condujo á Inés á la cocina; la presentó una silla para que se sentara, pareciéndole poco el banco; colgó el candil, y se dispuso á hacer lumbre.

—Esto, lo primero—la decía en tanto el buen hombre,—y mientres usté nos dice en qué la podemos valer. ¡Viene aterecía de frío, ángel de Dios!

—¡No, no!—respondió Inés tiritando:—lo primero ha de ser esconderme donde yo esté segura de que no me encuentre nadie.

—Pos ¿qué más segura que aquí á la hora de la noche en que estamos, inocente?—dijo el Lebrato.—Á menos que no la vengan persiguiendo cercuca. Pero aunque así fuera, mientres llaman y se abre, ya da tiempo pa lo que haiga que hacer á ese respetive.