—Es verdad—respondió Inés algo más confiada.—Pero, por si acaso, tranque usted bien la puerta, Juan Pedro.
—Eso sí que se hará,—respondió éste saliendo á cumplirlo.
Volvió al punto, y continuó amontonando palucos en el llar para encenderlos en seguida; pero sin disimular enteramente la curiosidad que le estaba consumiendo. En esto ya apareció Pilara en escena, con los ojos como puños y muy ligera y desceñida de ropa, y detrás Pedro Juan, por el estilo de su mujer. Ambos se hicieron cruces de asombro al ver á Inés allí, sola, á aquellas horas y de aquella traza.
Reunida ya toda la familia, Inés, llorando desconsolada, contó en pocas palabras lo que la había sucedido. Pilarona lloró de toda verdad, y su marido se volvió indignado hacia su padre para decirle:
—¿Ve usté, recoles, si hay tela pa hacer con «ese hombre» lo que yo dije el día que jué con nusotros á la mar?
El Lebrato se desentendió de esta alusión, y dijo por comentario al relato de Inés:
—¡Lo propio que se hizo con la bendita de Dios que la echó á usté al mundo en mala hora! Y las mesmas cuatro manos en concierto acabaron con ella.
—¡Desde esta tarde—exclamó Inés horrorizada,—tengo yo esa sospecha, Juan Pedro!
—Y bien tenida, doña Inés—añadió éste,—porque la cosa se vió, y naide la duda en Robleces... Pero vamos al caso que ahora importa. ¿Qué es lo que usté tiene pensao en el apuro que se ve, y en qué de ello podemos ayudarla nusotros?
—Yo, á punto fijo, no lo sé—respondió Inés enjugándose los ojos.—Sé que he salido esta noche de casa para no volver más á ella; que me pareció demasiado cerca la de don Alejo, para ir á buscar un amparo allí, y que he venido á pedírsele á ustedes, confiada en que me le darán, y porque Pilara es la única amiga que tengo en el mundo.