—¡Así se hace, canastos!—exclamó entonces Pilara conmovidona de veras, escondiendo la mitad de Inés en un abrazo y dándola un beso resonante en la cara.—¡Eso es dar honra al corazón de una!

Inés continuó así, después de pagar con otro beso cariñoso el arranque de Pilara:

—Estando ya aquí bien segura, siquiera por un buen rato, se podía—es lo que yo pensaba—avisar á don Alejo, que sé que me quiere bien, y pedirle su parecer.

—¿Y á nengún otro sujeto más?—preguntó Pilara con una sonrisa muy maliciosa.—Vamos, con franqueza, que aquí no ha de hacerse más que el tu gusto.

Inés bajó un poco la cabeza, algo turbada, y no supo qué responder. Pilara la ayudó entonces de este modo:

—Anque lo has contao por encima, como si te atragantaras con ello, lo bastante se vió pa creer ahora que ha de gustarte el paecer del caballero ese en este particular.

—Pues que venga él también—dijo Inés echando de buena gana escrúpulos á un lado.—Yo les contaré lo que me pasa, y ellos me dirán lo que mejor les parezca. Iréme á servir á un amo, á pedir una limosna... á tirarme á la ría... ¡Dios me lo perdone! Todo lo que me digan haré... ¡todo menos volver á la cárcel de donde me he escapado!

—Ya se arreglará la cosa—dijo el Lebrato hondamente compadecido de aquella pobre criatura,—sin melecinas tan amargas como esas. Cabalmente había de venir hoy por aquí don Alejo á las seis de la mañana, porque tenía concertao salir pa la mar con nusotros á esa hora; pero como el caso es de apuro, lo que se va á hacer es lo siguiente. Tú, Pedro Juan, vas á picar ahora mesmo pa Nubloso, que no está más lejos de aquí que el barrio de la Iglesia de Robleces; yo pico pa casa de don Alejo. Tú le cuentas el caso al sujeto, de modo que naide se entere más que él, y te le traes volando contigo. Yo hago otro tanto con don Alejo; y cátanos aquí á los cuatro juntos en una hora lo más. No son toavía, por mi cuenta, las dos de la mañana, y nos quedan tres horas de noche pa arreglar ese asunto sin que se enteren de él ni los pájaros del aire.

Se aprobó la idea; se aviaron en un periquete el padre y el hijo; salieron juntos de casa, y á poco rato echó por su lado cada cual de ellos. Al separarse, dijo el Lebrato á Pedro Juan:

—Asunto es éste que nos puede costar caro á tí y á mí, si ese hombre, que tan tigre es pa la hija, agüele que la hemos amparao en nuestra casa. Pero los hombres de bien son pa las ocasiones, y lo primero es lo primero; y Dios mos ve á toos y á cada uno.