Pilara, después de cerrar bien la puerta por dentro, se quedó animando á Inés; y como ya la lumbre había tomado cuerpo, consiguió que se quitara los zapatos, que estaban empapados de rocío, para secarlos al fuego, así como los bajos de su ropa, y que se calentara los pies. Luégo trajo un peine, y ella misma le arregló el pelo desmelenado, al paso que la iba diciendo:

—¡Pos dígote que estaría güeno que ese sujeto te viera de la trazuca que estás, como si te hubieran sacao con unas trentes del bardal de una calleja!... ¡Ni más ni menos te vió él, hija del alma, cuando se prendó de tí!...

Y no la pesaba ciertamente á Inés, que al fin era mujer y mujer enamorada, aunque atribulada y mísera, la ocurrencia de Pilara. Después que acabó ésta su tarea lo mejor que pudo, y la palpó los pies para ver si estaban secos, diciéndola, pasmada de su pequeñez, que «paecía mentira que con aquellos dos fisanucos se pudiera sostener derecha una presona,» y dió vuelta á los zapatos para que acabaran de secarse, fué á la alacena y volvió con un jarro de leche y una cazuela muy limpia.

—Es—la dijo acurrucándose junto al llar,—de la que traigo yo de arriba ca día; porque aquí no la tendremos hasta la primavera que viene. Te voy á calentar una racionuca de ello pa que, ahora que estás algo más sobre tí mesma, te confortes un poco por aentro... No hay á mano otra cosa que darte.

—¡Cómo me cuidas, Pilara!—díjola Inés conmovida.—¡Si supieras lo que consuela eso después de pasar por lo que he pasado yo!...

Y rompió á llorar otra vez.

—¡Bah, bah!—la dijo Pilara.—Á ver si no golvemos á mojar la pistaña. Eso ya se acabó, y pa siempre.

Para distraerla un poco mientras la leche se calentaba, y llegó á tomarla Inés y á calzarse, la noble mocetona la habló de muchas cosas: de lo contenta que estaba en compañía de aquellos dos hombres, que le parecían los mejores de todos los hombres del mundo; de la casuca, del partido que había ido sacando de ella y del que iría sacando poco á poco: aquí la mesa, allá las sillas; «esta paré que tanto blanquea, estaba antes negra como el jollín;» el llar, con sus baldosas tan majas, estaba nuevo, flamante, y «el poyo de la jornía, bien amañao:» cosas de su suegro. El cuarto de ellos, antes no era cuarto: era «un abertal.» Se le había cerrado con un tabique y una puertuca: eso había sido cosa de los de arriba, «pa mejor paecer.» El viejo dormía en otro cuartuco bien abrigado, donde siempre durmió, á la otra esquina de la casa, con una ventanuca al saliente. Cuando Inés estuviera en sus cabales, ya se enteraría de todo á la luz del día. Las dos vacas y las novillas «de ellos» habían venido del puerto, gordas que partían: una, ya cargá de dos meses, y otra de tres; la su novilla estaba también en la corte, y con ella componían cinco cabezas. El de la vista baja tenía un diente que daba gusto. Al paso que iba, por Navidad sería una montaña de tocino bien hebroso. Y así.

Hasta que se oyeron pasos en el portal, y dió el corazón de Inés dos volteretas en el pecho. Abrió Pilara la puerta después de cerciorarse de que era «gente de paz» la que llamaba, y entraron juntos los cuatro que se esperaban; porque los que venían de Nubloso, llegaron al portal en el poco tiempo que tardó Pilara en abrir la puerta. Lo mismo Quicanes que don Alejo, venían bien enterados de lo que ocurría; y en cuanto Inés los tuvo delante, se echó á llorar desconsolada.

—Eso va contigo, Tomasuco—le dijo el cura al de Nubloso;—consuélala tú que sabes, pero sin abusar del chicoleo, porque no hay tiempo que perder, y yo traigo mi plan para acabar primero.