¡Bueno estaba Quicanes para consolar á nadie cuando se le estaba saliendo á él el alma por la boca, particularmente desde que tenía delante á Inés, de cuyos dolores era él la causa! Pero hizo lo que pudo; y no lo hizo mal, si ha de juzgarse la obra por los resultados. Inés siguió llorando un ratito más; pero bien claro se veía en sus ojos, en cuanto pudo mirar con ellos á su amante, que había vuelto la vida á su corazón. También don Alejo ayudó valientemente á aquel acto de caridad.

Se habló allí poco, muy poco, sobre el caso peliagudo. No había para qué hablar mucho. El de Nubloso manifestó solemnemente al cura que, por los motivos que él sabía desde que se lo había declarado todo en su casa al salir de la de Inés despedido por su padre, no podía ofrecer otro sacrificio que el de su vida para defenderla de toda agresión, viniera de donde viniese, y que á esa obra había jurado consagrarse desde que Pedro Juan le había enterado de lo que pasaba.

—Eso—respondió don Alejo sin perder su buen humor de siempre,—es nada y es demasiado. Nada, porque contra los derechos de un padre, por duro de alma que sea, en ese particular no hay valentía que valga; y demasiado, porque sería la mayor tontada del mundo desperdiciar una vida que nos hace falta aquí para otra cosa. Y atiende bien á esto que te voy á decir; y tú, chiquilla, prepárate á ayudarme en todo, y guárdete Dios de poner un solo reparo á lo que declare y disponga, porque eso será lo que haya de hacerse. Y digo, Tomás, que todo cuanto me dijiste aquel día y anteayer cuando volviste á tratar conmigo del propio asunto y á adquirir noticias que no pude darte de esta infeliz, me pareció muy atendible; porque en esto de delicadezas, cada cual discurre y lo entiende á su modo, y hay que respetar los escrúpulos de cada quisque. Pero hoy han cambiado las circunstancias, y hay que mirar el asunto por otro lado diferente. Ya sabes lo que le pasa á Inés, ¿no es verdad?... Pues bueno: de esa misma enfermedad murió su madre: los mismos verdugos la mataron. Puedo jurarte que es cierto. Para librarse de una muerte así, no basta escaparse de la cárcel. Más tarde ó más temprano, la fugitiva volverá á sus hierros; porque, ya te lo he dicho, la ley ampara en estos casos al carcelero, por bárbaro que sea. En una palabra, Inés no puede estar segura en ningún escondrijo, aunque se le guarden coraceros, mientras no la ampare otra ley. ¿Me entiendes?... ¡Otra vez los puntos y las comas de calabaza!... Pues te lo pondré más claro todavía: tienes que elegir entre estos dos extremos: ó dejar que Inés perezca á fuego lento entre dos demonios, como pereció su pobre madre, ó ponerla sin tardanza al amparo da la ley, cosa que ya traigo estudiada y se hace en medio minuto delante del Juez, después de tenerla en lugar seguro. Éste es el caso. Á ver ahora, entre estas dos delicadezas, cuál te parece más delicada.

Y claro es que, en el dilema, el de Nubloso se fué por donde don Alejo quería.

—Pues se acabó la historia—dijo el buen cura.—Antes que amanezca el día, estamos tú y yo, con Inés, en Ansares, en casa de mi sobrino Gaspar, hombre de bien y caballero, aunque no gasta más que media levita. Tiene una mujer que vale tanto como él, y dos hijas que, si no anduviera Inés de por medio, diría que eran las dos muchachas mejores y más majas que hay en todos los pueblos del contorno. Allí encontrará esta infeliz el sosiego y el amor que no la han dado en su casa; y la guardará la puerta de demonios que quieran asaltarla, una cuartilluca de papel con cuatro garabatos que nos extenderá quien deba, en este mismo día en que estamos, hasta que remate yo la obra á mi gusto en la iglesia de Robleces. Conque arriba, muchachos, que no hay tiempo que perder. Ya veis que yo ni siquiera me he sentado.

Y era la verdad, que de pie hablaba don Alejo y con la capa de larga esclavina sobre los hombros, por más señas.

De lo que allí pasó entonces, sólo quiero decir, porque lo demás se adivina, amén de resultar empalagoso si se cuenta, que Inés volvió á ver en su imaginación el cielo aquél de sus esperanzas, barrido de nubes, limpio y sereno; y que al hallarse en el portal entre sus dos protectores, ya no temió á las tinieblas de la noche, ni á las asperezas del camino, ni á los sabuesos de su cárcel, ni á la zarpa de la Galusa, ni á todos los verdugos de la tierra que se conjuraran para acabar con ella. Volvía á vivir, y se congratulaba de haber padecido aquel martirio cruel, porque la abría las puertas de su soñado paraíso.

Pisando ya la mullida del corral, se volvió don Alejo para decir al Lebrato que, acompañado de sus hijos, despedía desde el portal á los que se marchaban:

—Ya supondrás que la canita de hoy se me queda sin echar; pero mañana, si Dios quiere, será otra cosa. Aquí me tendréis á la hora convenida... digo, si pensáis volver también mañana á la mar.

—Anque sólo juera por dale á usté ese gusto, señor don Alejo—respondió el Lebrato,—aquí me tendrá esperándole á la hora que quiera venir.