—Ha sido una entrada como otra cualquiera; y me alegro, porque el golpe dado está, y ya sabes á qué atenerte... como lo sé yo también por lo que se te ha escapado... Al buen entendedor...

En esto llegó á la sala don Baltasar con una rastrilla en la mano. Levantóse Inés, salió, y ocupó su padre la silla que ella dejaba.

—Vamos—dijo el Berrugo á don Elías,—á rematar en pocas palabras... en pocas palabras he dicho, eso que dejamos pendiente.

¡Ya estaba otra vez el médico boca abajo! ¡Ya era el hombre agobiado por las desdichas, que iba á «echar un memorial» al poderoso para pedirle un mendrugo de pan! ¡Ya le habían caído de repente encima del alma toda la negrura y todo el peso de la realidad de su miseria! Entristecióse de nuevo y volvió á encogerse. La fe que tenía en la importancia de su proyecto, no alcanzaba á darle la más leve esperanza de que el hebreo aquél aflojara la bolsa para ayudarle; el ficticio valor que le prestaba el recuerdo candente de aquellos días esplendorosos, acababa de gastarle, y no era cosa de volver á empezar por allí, ni el Berrugo se lo hubiera consentido; y tan desalentado se vió, que estuvo tentado á despedirse dejando las cosas como estaban. Pero le arreó don Baltasar con una mirada de las suyas, y el hombre se arrojó al asunto como pudo haberse tirado por el balcón de enfrente.

—Pues, señor—dijo pasándose el pañuelo de yerbas por toda la cara y luégo por el cogote y dándole después dos paseitos por encima de los sesos,—el caso es el siguiente: un molino maquilero, de cuatro ruedas, puede moler con desahogo seis fanegas al día, pico más ó menos... Me parece que no peca de alegre la suposición. Estas seis fanegas cada día, me dan al año, en números redondos, dos mil doscientas, ó séanse ocho mil ochocientos celemines. Estos ocho mil ochocientos celemines, me dan á mí de maquila ocho mil ochocientos maquileros; los cuales ocho mil ochocientos maquileros, son lo mismo que quinientos cincuenta celemines, ó doscientas veinticinco medias fanegas; doscientas veinticinco medias fanegas, á duro cada media fanega, son lo mismo que doscientos veinticinco duros, ó sean cuatro mil y quinientos reales... Me parece que esto es pura matemática.

Decíalo don Elías, porque le estaba poniendo en graves dudas el intraducibie gesto con que le miraba su interlocutor. Para asegurarse más de que iba por lo firme, sacó los papelotes del bolsillo, escogió uno de ellos, dióle un vistazo y añadió á lo dicho poco antes:

—Justo y cabal: cuatro mil y quinientos reales. Esto, por un lado... Por otro: cuatro cerdos á cuarenta y cinco duros uno, grande con mediano, son lo mismo que ciento ochenta duros, ó sean tres mil y seiscientos reales; que añadidos á los cuatro mil y quinientos de arriba, suman la cantidad redonda de ocho mil y cien reales... Pura matemática también.

Y se quedó mirando á don Baltasar, que no le dijo palabra ni dejó tampoco de mirarle. Creyóle convencido el médico, le alentó mucho esto porque aquel hombre era así, y exclamó, irguiéndose hasta con cierta arrogancia:

—Señor don Baltasar: con ocho mil reales (quito los ciento) y la pobreza que me vale el partido, era yo el hombre más rico de la cristiandad.

—No lo dudo—dijo al fin don Baltasar con una parsimonia inconcebible en él, aun suponiéndole capaz de divertirse con las cosas de don Elías.—Pero siga usted con la cuenta galana. Ya tenemos lo que da el molino: falta ver lo que toma.