—Nada, señor don Baltasar, nada como quien dice: un molinero, que con las propinas y su buen arte y un piquillo de surplús, que sale de aquí y de allá, estará hecho un canónigo. Este retejo y aquella reparación... ¡nada, señor don Baltasar, nada! eso y mucho más sale del excedente de molienda que no consta en el presupuesto, y de ciertos recursos que se irán desenvolviendo según el negocio vaya marchando. Los cuatro cerdos: menos que nada: los compro lechazos, engordan con las barreduras, se ponen en ocho meses que no caben por la puerta, y los vendo á puja mayor, porque han de sacarme los ojos por ellos. Ya sabe usted que no hay cerdo más solicitado que el cerdo de molino...
—Corriente, señor don Elías, corriente... y siga usted con la cuenta galana... Ya no nos falta más que tener molino.
Desplegó el médico el papelón más grande de los que tenía entre manos, lleno de dibujos toscos y de garabatos incomprensibles, y dijo contoneándose en la silla:
—El molino: aquí está el plano, con su escala y todo. No está puesto en limpio, que eso ya lo haría, si fuese necesario, pincel más diestro que el mío; pero está bien clara cada cosa... Llave en mano, no debe costar un maravedí más de sesenta y dos mil reales... Aquí constan las razones.
—Que estarán muy en su punto: corriente también. ¿Qué nos falta ahora, señor don Elías?
—Pues... buscar esos sesenta y dos mil reales.
—Y ¿dónde están ellos?
—¡Esa es la negra, señor don Baltasar!
—Pues suponga usted que no es tan negra como parece, y que hay un desesperado que los da...
—Negocio concluído entonces.