—Corriente: ¿y qué rebajamos de los ocho mil reales de producto, por réditos de ese capital?
—Ni un ochavo, señor don Baltasar... Esa miseria saldría del mismo fondo que las otras: de acá y de allá, y del auge que fuera tomando el negocio.
—Corriente también. Y ¿con qué respondemos á su dueño de esa miseria que nos presta para hacer el molino?
—Con el molino mismo.
—Es de razón. Pero un día se levanta ese hombre de mal temple, y se llama á lo que es suyo.
—Nos veríamos en ese caso, señor don Baltasar; nos veríamos. ¿No hay más que llamarse á lo suyo así, de golpe y porrazo? Está previsto todo en mis cálculos. Ese hombre me firmaría, ante todo, una cláusula de no reclamar cosa alguna, fuera de los intereses, en un mínimum de treinta años. En ese tiempo, con un poco de economía y el natural desahogo que me fuera dando el incremento de la finca, iría yo matando la deuda sin sentirlo.
—Pues no he dicho nada, señor don Elías. Es usted más pájaro de lo que yo pensaba en punto á estos particulares. ¿Y dónde plantamos el molino, para ponernos al cabo de todo... si es que se puede saber?
—El molino, señor don Baltasar (y en esta estriba la firmeza de mis cálculos), se plantará donde no tengamos que temer ni las sequías del verano, ni los aguaduchos del invierno: en el último canalizo de acá, de la Arcillosa, según se la mira, á la mano izquierda: hay allí anchura y fondo para un navío de tres puentes, con una angostura que se salta de un brinco desde la sierra, y que está como puesta allí para dar ingreso al molino. Lo demás ya lo sabe usted: viene la marea, abre usted los saetines; ya está el agua en casa, cierra usted los saetines; baja la marea, abre usted los saetines y empiezan los rodetes á danzar, á razón de quince horas diarias; y así todo el año, como un reló, con el agua represada en el canalizo, que me ahorra el mejor de los camarados y la mejor de las presas, que son la ruína de los molinos; porque amén de lo que cuestan de nueva planta, de aquí las refuerza usted hoy, y de allá se quebrantan mañana, y es el no acabar en todo el año de Dios; cosa que no ocurrirá en el mío, y por eso dije antes que no hay para qué mentar como gasto las reparaciones que ocurran. ¿No es una hermosura esto, don Baltasar, y no parece mentira que no haya dado nadie hasta ahora en escarbar esa mina de oro?
—En verdad que mentira parece, señor don Elías. Pero dígame y perdone: ¿qué es lo que tengo yo que hacer en esa mina, y por qué lado puede interesarme á mí, como me dijo al principio?
El médico estaba maravillado de la paciencia y la afabilidad con que le atendía aquel hombre, cuyas despabiladeras eran proverbiales en el lugar; y creyéndole en buen cuarto de hora, se aventuró á decirle derechamente: