—Con usted contaba yo para darle la preferencia en el anticipo de los sesenta y dos mil reales, si el negocio no le desagrada, tal como se le he expuesto.
—Hombre—respondió el Berrugo apoyándose en la rastrilla como antes se había apoyado en el horcón,—el negocio, para usted, me parece morrocotudo, por mal que le salga, si llega á andar el molino. Pero me dijo usted al principio que podía interesarme á mí tanto como á usted; y hasta ahora, fuera de la cláusula de los treinta años como mínimum del plazo para el préstamo, no veo cosa que me tiente mucho...
—Ha de tener usted presente—repuso don Elías algo apurado por la observación de don Baltasar,—que el cálculo está hecho á menores; que se cuenta con la prosperidad del negocio, y que con ella y sin ella, á ese capital nunca le faltaría una ganancia harto mejor que la que dan aquí las tierrucas de la mies; ganancia que si pasa del uno y medio, me dejo yo segar el gaznate.
—También es verdad eso—dijo don Baltasar oscilando sobre la rastrilla.—En fin, que es usted, señor don Elías, el mismo Satanás para oliscar tesoros... Hombre—añadió levantando de pronto la cabeza y mirando de hito en hito al médico,—y ya que salió la palabra: ¿qué opina usted de los tesoros enterrados? ¿Cree usted que los hay y que hay tantos como se dice?
Lo mismo que si le hubieran restregado la piel con un manojo de ortigas, se estremeció don Elías de repente al oir las preguntas del Berrugo; y con los ojos encandilados y acentuando las palabras en el suelo con la contera de su bastón, estalló así:
—¡Yo creo, señor don Baltasar, en los tesoros ocultos, y creo que el mundo está lleno de ellos, y creo que en España abundan más que en ninguna parte! Yo no los he visto, soy franco; pero conozco muchas gentes enriquecidas con ellos; y se me han referido y demostrado cosas á ese respecto... y me han sucedido otras tan extraordinarias, que dejarían turulato al hombre de menos tragaderas. Afirmo, pues, que hay tesoros, ¡muchos tesoros ocultos!; que está sembrado de ellos el suelo español... y que quizás el más rico de todos esos tesoros le tenemos usted y yo á las mismas puertas de nuestra casa.
—Supongo—dijo don Baltasar, tan colgado de la rastrilla y tan atento á las declamaciones ardorosas del médico, que parecía estar empeñado en partirse en dos con el ástil, de arriba abajo,—que no se referirá usted ahora al molino de antes.
—¡Qué molino ni qué cazuelas!—respondió don Elías con el más despreciativo de los desdenes.—¡Para hacerle de diamantes habría con el tesoro que yo digo!
Y como don Elías levantara la voz á medida que se iba entusiasmando, tapóle la boca con una manaza don Baltasar, y díjole recatándose, y muy por lo bajo:
—Hombre, si á usted le fuera lo mismo, podríamos continuar hablando de eso en otra parte... ahí, en esa pieza que es mi cuarto. No es porque yo dé importancia al asunto, sino porque no hay necesidad de que nadie se entere y nos tome por locos.