—Más loco será quien por locos nos tenga, señor don Baltasar,—respondió don Elías, con grandes trazas de estarlo ya de remate, levantándose de la silla, embolsándose los papelotes y disponiéndose á seguir á su interlocutor, que, puesto de pie y con la rastrilla en la mano izquierda, le señalaba con la derecha el cuarto que tenía la entrada por una de las cabeceras del salón.
Coláronse ambos allí, donde no había más que una cama, dos sillas, un palanganero con sus avíos maltratados, una percha con poca ropa, y esa vieja, y bastante roña por los suelos.
Sentados nuevamente los dos personajes, era de ver lo que se había crecido don Elías, de cuyos labios y actitudes atrevidas parecía estar pendiente su interlocutor, como el zorro consabido de lo que soltara de su pico el cuervo de la fábula.
—¿Apostamos dos cuartos... ó lo que usted quiera—comenzó don Baltasar, guiñando los ojuelos, con la barbilla en la palma de la mano izquierda, el codo sobre el muslo y en la diestra la rastrilla, pinos arriba,—á que sé yo qué tesoro es ese que usted supone tan cerquita de nuestra casa?
—¿Apostamos—respondió don Elías, imitando cuanto pudo la postura, el gesto y hasta la voz de don Baltasar, y añadiendo por su cuenta una sonrisilla entre nerviosa y truhanesca,—apostamos los sesenta y dos mil reales del molino á que, aun suponiendo que sepa usted de qué tesoro se trata, porque apenas hay quien no le conozca de nombre, ni usted ni mortal viviente del globo terráqueo tiene las noticias que yo tengo de él?
—Pues si tantas noticias tiene usted de ese tesoro—dijo don Baltasar ganando un punto á don Elías,—¿en qué consiste que no le ha echado ya la zarpa?
—No quiere decir tanto como eso lo que ya le he dicho á usted, señor don Baltasar—replicó don Elías, tan valentón como antes.—Yo le he dicho, y lo repito, que no hay sér viviente en el universo mundo que tenga mejores noticias que las que yo tengo sobre el particular de que tratamos. Podrán no ser estas noticias, sin dejar de valer lo que valen, lo suficiente para poner la mano encima de la cosa oculta; podrán ser más que sobradas para otra persona más firme que yo de voluntad, más codiciosa é de mayores recursos, ó menos dispuesta á tumbarse con la carga al primer tropiezo del camino; pero valgan ó no valgan de la manera que digo, esas noticias que yo tengo, señor don Baltasar, son de tal arte y adquiridas de tal modo, que al hombre de más agallas le harían tiritar de asombro y le pondrían los pelos de punta, como me los pusieron á mí... y se me ponen ahora con sólo recordarlo...
Y no exageraba don Elías: mientras hablaba así, le echaban lumbre los ojos, y parecía que se le erizaban las barbas y los mechones grises de la cabeza.
—¡Pataratas!—exclamó entonces don Baltasar cambiando su postura por otra muy desdeñosa; pero con intención visible de herir el flaco de don Elías para que soltara el queso.
—¿Pataratas?—repitió el desapercibido médico, no cabiéndole ya en la silla y dispuesto á confundir al Berrugo con la prueba espeluznante de lo que afirmaba.