—Pataratas no más,—insistió el de la rastrilla, volviendo á colgarse de ella con las dos manos y haciendo como que no daba un alfiler por cuanto pudiera referirle el otro.
—Pues vamos á verlo ahora mismo—concluyó don Elías, que casi se desnudaba de pura desazón que le producía la desdeñosa incredulidad del Berrugo.—Y entienda usted, señor don Baltasar, que esto que le voy á referir lo sabremos en el mundo usted y yo solos... ¡Y ojalá sea más activo, más perseverante y más afortunado que yo!
—Amén—dijo el Berrugo.—Y ahora, vengan esos espantos; pero por lo más derecho que usted pueda, porque se me van acabando los aguantes.
Don Elías no esperó la segunda provocación del Berrugo. Le brotaban las impaciencias por todas partes: por los ojos, en llamas; por los poros, en sudor. Como que el bendito estaba en sus glorias entonces. ¡Qué molino maquilero ya ni qué calabazas, ni qué se le daba á él por tener la casa llena de desventuras y de miserias, ni porque el seminarista de Lumiacos entrara en la casona de Robleces con estos propósitos ó con las otras miras? Confundir á aquel hombre tan duro de pelar, y además de confundirle, maravillarle: eso era lo que había que hacer en el mundo, y eso podía hacerlo él, y lo iba á hacer en el acto. Tirando á dar de ese modo, dijo así, saboreando las palabras y encareciéndolas mucho:
—Hará cosa de ocho meses, bajé á Las Pozas á visitar al Lebrato, que se hallaba en cama desde la víspera. Tenía calentura y se quejaba de un dolor al costado. Le dispuse lo que me pareció conveniente, y al otro día ya le encontré sin novedad. Es duro el hombre ese y animoso como él solo. Con todo y con ello, no le dejé que se levantara por entonces, por temor de una recaída. Tomando pie de esto, y sobre si el que come de su trabajo no puede ni debe cuidar de la salud como los que tienen el riñón bien cubierto, hubimos de hablar largamente los dos; porque el Lebrato, como usted sabe, es hombre verboso y muy entretenido, y á mí me gusta oirle: tenía en aquella ocasión poco ó nada que hacer, y le fuí dando cuerda. Puede que usted sepa también que ese sujeto tiene la costumbre, cuando de riquezas se habla con él, de comparar las más grandes con los tesoros del Pirata: el caso es que aquel día volvió á sacar esos tesoros á cuento, como los ha sacado mil veces, y los sacan á cada paso muchas gentes de este lugar y de otros de la Ribera. Yo, que siempre lo he oído como quien oye llover y la he tomado en el son que me lo cantaban, aquel día, séase por buscar un motivo más de conversación, ó porque las cosas vinieron dispuestas así por decreto misterioso, tuve la ocurrencia de preguntar al Lebrato qué tesoros eran esos que tan á menudo oía nombrar desde que me hallaba en Robleces. Entonces el preguntado me refirió lo que, por lo visto, es aquí versión corriente... y será eso que usted dice saber, con mucha ponderación, lo mismo que si supiera algo de fuste.
—Ya se irá viendo, señor don fanfarrias, lo que usted sabe, y ello nos dará el valor de lo que yo sé. Diga, diga por de pronto lo que le refirió el Lebrato.
—Nada en substancia, señor don Baltasar: que se sabe que en tiempos que casi se pierden de vista, había un pirata por estos mares que robaba hasta la saliva al sursuncorda; que como no tenía suelo en qué poner el pie sin la seguridad de que no le colgaran, mientras se iba redondeando á su gusto para campar por sus caudales donde quiera que se presentara—porque en esto de respetarse al ladrón de tesoros, los tiempos no han cambiado hasta la fecha cosa mayor,—escondía en un sitio de esta costa lo que pirateaba más lejos ó más cerca de ella; que esto acontecía en aquellas épocas en que venían de las Américas los barcos abarrotados de onzas de oro y de perlas preciosas, y que á la caza de estos barcos andaba el pirata día y noche, con buena fortuna; que fuérase porque la mar se le tragara de por sí, ó porque se encontró con lo que merecía donde menos se lo esperaba, desapareció de repente y para in sæcula de esta costa, dejando ocultos en ella los tesoros que había robado; que si estos tesoros están en cueva más ó menos escondida ó sepultados en tierra firme, no se sabe; pero que no hay quien dude que están en esta costa y que darían, por su gran valor, para comprar media España; y finalmente, que de esto no se duda, porque viene y ha venido la historia de boca en boca y de padres á hijos hasta la presente generación... Esto es, señor don Baltasar, lo que se sabe de público... y lo mismo que sabe usted; porque usted no sabe de ella una jota ni una tilde más.
—Ni usted tampoco,—respondió resueltamente don Baltasar dando un rastrillazo en las tablas.
Sonrióse convulso don Elías, y dijo:
—Ahora lo vamos á ver.