Se enjugó el sudor de la cara nuevamente con su pañuelo de yerbas, y continuó así, arrimando un poco más su silla á la del Berrugo:

—Esta conversación la tuve yo al anochecer con el Lebrato; y cuando me caminaba hacia mi casa por el recuesto arriba, apenas distinguía la senda más que por su blancura. Aquel día, señor don Baltasar, había sido uno de los más negros para mí, por el estado de la médica agravado por un encono repentino de sus humores, y el extremo en que nos tenían acorralados á todos las escaseces del hogar, por dificultades en la cobranza del tercio. Mala había sido la semana; pero aquel día fué, como le he dicho, de lo peor. Declárolo así, porque bien pudiera haber tenido ello parte en que yo diera tanta importancia como la que dí á la historia del Lebrato. Ello fué que subí al barrio pensando mucho en los tesoros enterrados ahí enfrente; que llegué á casa; que la casa me pareció un camposanto con los muertos sin enterrar; que comparé aquellas tristes miserias con las pompas del tesoro que yo llevaba en la cabeza; que la comparanza me echó el alma por los suelos, y que sin poderla levantar de allí y corriendo las horas entre los ayes de la enferma y el vocingleo de las hijas, me fuí á la cama... sin cenar bocado, porque no le había en casa, señor don Baltasar, ¿á qué negarlo? Tampoco niego que me acosté con hambre: nunca había andado más ni comido menos que aquel día. El hambre no es el mejor llamativo del sueño; y con este gusanillo en el estómago y la cabeza abarrotada de onzas de oro y de diamantes, de piratas ahorcados y de cuevas y peñascos de la costa, el corazón me golpeaba allá dentro como un desesperado, y la piel me escocía como si me la ortigaran. Tumba de aquí y vira de allá, buscando posturas que siempre resultaban peores, el tiempo pasaba y yo no me dormía; la médica dejó de quejarse, como si se hubiera muerto; las hijas ya no chistaban; en el aire no se oía un mosquito; el silencio era el de las sepulturas, y la obscuridad, negra, negrísima, como yo no he visto otra en noche cerrada. Echéme, al fin, boca arriba, y púseme á hacer castillos con el tesoro. Ya era yo príncipe con carrozas, y andaban en mis palacios los jamones por los suelos y los chorizos á patadas... cuando, amigo, se abre la puerta de la alcoba... y entra por la abertura un rayo de luz que me envuelve toda la cabeza... y detrás del rayo de luz... la mano seca; y detrás de la mano seca... el cuerpo arrebujado en la sábana de siempre y con la cara al descubierto.

—¿El cuerpo de quién, hombre de Dios?—preguntó don Baltasar que se iba poniendo algo nervioso, quizá más que por oir á don Elías, por verle.

—¡El de mi hermana Dorotea!—respondió el médico, entre crispaturas de sus nervios.

—¿Y qué hermana es esa, que yo no conozco?

—Una hermana, señor don Baltasar, que iba para santa, si es que no lo era ya; que adoraba en mí, y se nos murió de la noche á la mañana, en la flor de su hermosura, durante aquellos disgustos con motivo de la pérdida de los treinta millones de la familia...

—Enterado, enterado y siga usted adelante,—dijo aquí el Berrugo cortando la palabra al médico, con lengua, con manos y con ojos, y hasta con la rastrilla, temeroso de que volviera á echarse con la histeria por aquellos derroteros.

—Una hermana que se me aparece muy á menudo, no solamente en la obscuridad de la noche, sino á la misma luz del día y cuando menos lo pienso, como vaya solo por el monte ó por alguno de estos callejos hondos. Siempre se me aparece envuelta en la misma sábana, y de noche nunca le falta la linterna. Las más de las veces se contenta con mirarme; y cuando me dice algo, nunca es cosa mayor. Yo tampoco la digo nada, porque no lo creo puesto en razón, vista su conducta conmigo. Señas son las que me hace, ¡mucha seña! hasta que se va disolviendo poco á poco, como el humo con el viento.

Mucho era ya lo que sudaba don Elías, y muy estrecha le venía la ropa, á juzgar por los esfuerzos espasmódicos que hacía debajo de ella. Se detuvo unos instantes en su relato; volvió á limpiarse la cara con el pañuelo; y con los alientos cobrados, continuó hablando así:

—En la noche que yo digo, se me acercó mandándome por señas que me tragara hasta los suspiros. Se aproximó hasta el borde de la cama. Yo nunca la había tenido tan cerca, y empecé á dar diente con diente; porque con la luz de aquella linterna, tras de cegarme los ojos, parecía caldearme la sesera. «¡Levántate!» me dijo; y yo, como si la voz fuera cordel que tirara de mí, levantéme y traté de vestirme. «¡Vente como estás!» me ordenó. Preguntéla entonces con los ojos, porque con la palabra no podía, que adónde y para qué. Me comprendió y me dijo: «Adonde yo te lleve.» Púsose en marcha, y yo la seguí, tal como estaba: descalzo y en ropas menores. La noche era de las frías de noviembre; pero yo no reparé en tan poca cosa. Las puertas se iban abriendo sin ruido delante de la fantasma, y yo la seguía paso por paso; y así salimos de la alcoba... y atravesamos la sala... y pasamos el carrejo... y bajamos la escalera... y nos encontramos en la calle. Entonces tomó la visión, por arrimadito á la setura de mi huerto, el camino de la llosa Grande, y yo me fuí detrás, sin mojarme los pies en las pozas de la calleja, que era lo que más me asombraba. Llegamos á la llosa; se puso la fantasma al asomo mismo de la ladera de hacia la ría... y me llamó... Acerquéme y me dijo: «Vas á ver ahora el camino por donde se va á eso que te estaba quitando el sueño.» Lo decía por el tesoro: no podía ser por otra cosa.