Al llegar á este punto el relato, el Berrugo tenía los ojos clavados en los fulgurantes de don Elías, la boca entreabierta y el cuerpo muy arrimado al mango de la rastrilla.
—Y ¿qué sucedió entonces?—preguntó al médico, pareciéndole muy larga la pausa que había hecho el narrador para enjugarse otra vez la cara y dominar un poco las emociones que le tenían trémulo y erizado.
—Sucedió—dijo en seguida,—que la fantasma extendió el brazo hacia adelante, con la linterna en la mano; que el chorro de luz, que salía derecho... derecho, de ella, se fué alargando... alargando... alargando, y atravesó las praderas de abajo... después los camberones... después la sierra calva; y entró en la Ribera, y la atravesó también á lo ancho... y llegó á los coteros de la otra banda por donde se mete la ría para salir á la mar... y avanzó por encima del más chico... y trepó por el que le sigue... hasta encaramarse en el mismo lomo de la costa... Si avanzó más allá, yo no lo pude saber, porque la tierra se acaba allí, y el rayo de luz se estrellaba en el cielo que en aquel punto se junta con la tierra... ¡Y era lo más asombroso de todo esto, que cuanto el chorro de luz iba tocando, se veía tan claramente como puedo ver yo ahora las rayas de la palma de la mano! ¡Así ví yo hasta los mismos peces de la ría!
—¿De modo que vería usted lo que tanto deseaba?—dijo el Berrugo, no sé si burlándose de don Elías ó queriendo aparentarlo.
—De eso no ví pizca, señor don Baltasar, ni verlo debía; porque lo que mi hermana me enseñaba, no era el tesoro, sino el camino por donde se llega hasta él.
—¡Valiente puñado son tres moscas! ¡Valiente real con ocho cuartos y medio!—exclama entonces el Berrugo, visiblemente desencantado.—¡Y esos eran los tantos y los cuántos que usted sabía? Pero, hombre, ¿no se le ocurrió á usted siquiera averiguar un poco más?...
—¡Vaya si se me ocurrió!—dijo el otro visionario.—¡Y bien de preguntas y de ruegos hice á la fantasma! Pero ¡que si quieres! Se calló como una muerta; dióse la vuelta hacia acá; mandóme que la siguiera; y siguiéndola, me llevó hasta mi casa por el mismo camino y del propio modo que me había sacado de ella; me acompañó hasta la alcoba, y en cuanto me vió metido en la cama, apagó de un soplo la linterna... y hasta hoy.
—¡Pataratas, repito!—vociferó el Berrugo, dando otro rastrillazo en el suelo.—Todo eso, con ser tan poco, es pura visión de un sueño con hambre, que es la casta de sueños más visionarios que hay.
—¡Le juro á usted que estaba tan despierto entonces como lo estamos ahora los dos, y que alboreaba ya el día cuando logré trasponerme un poco!
—Y estando usted en la cuenta de que eso que le pasó aquella noche no fué soñado, ¿cómo se explica que desde entonces acá no haya usted dado paso alguno por ese camino que vió?