—¿Y qué sabe usted si los he dado?
—¡Qué ha de dar usted, san simplaina! ¡qué ha de dar usted!
—¡Pues sí, señor, que los he dado! Sépase usted que aquel mismo día por la tarde, con la disculpa de que iba á tomar la barca para pasar á San Martín á visitar á un enfermo, seguí por toda la orilla de la Ribera hasta llegar al punto en que empezó la luz á dar en los coteros de allá; que seguí el camino que tenía yo bien marcado en la memoria, aunque con los rodeos obligados por las curvas que hace allí la ría, y que echando los pulmones por la boca, porque el viaje ese resulta mucho más largo de lo que parece á la vista desde la llosa, me planté en el mismo sitio en que se detuvo la luz. Allí me harté de registrar con los ojos cuanto había al alcance de ellos... ¡y nada! Debajo y á todo lo largo, á derecha é izquierda, un puro peñascal, casi á pico, y un machaqueo de oleajes contra él, que metía miedo; cosa de un cuarto de legua mar adentro, un islote muy grande y muy descarado... y después las aguas sin fin. Rastreando bien el camino á la vuelta, no ví más que sierra pelada... Días después, y viendo que mi hermana no volvía á aparecérseme, consulté el caso con una adivina que llegó á la puerta de mi casa pidiendo una limosna. Confirmó lo que me había dicho la fantasma, pero no me añadió nada nuevo; antes al contrario, me dió á entender que ese tesoro «no sería desenterrado por mí.» Esto me desalentó mucho; y con ello y lo propenso que yo soy á echarme con la cruz de mis pobrezas al primer tropezón, volvíme á mi molino, que es bien hacedero si hallo ayuda, y hasta me olvidé del tesoro; pero sin dejar de creer, como hoy creo con fe ciega, que el tesoro existe de toda verdad, y que está escondido en el islote, ó en la costa, ó en la sierra calva, dentro de la línea que marcó el chorro de luz; línea que, si usted quiere, le señalaré yo desde la llosa y en el punto mismo en que estuve con la fantasma. El que yo no me le lleve, no es razón para que quiera privar de él á otro más afortunado... Esta es la historia—añadió don Elías después de una corta pausa.—Y ahora, con franqueza, señor don Baltasar: usted no sabía, sobre ese tesoro, ni la mitad de lo que yo le he relatado.
—¡Bah!—exclamó el Berrugo en ademán y tono despreciativos, levantándose de la silla al mismo tiempo.—Como la ayuda que usted halle para labrar su molino sea de tanta substancia como las noticias que usted da para descubrir ese tesoro, ¡vaya unas maquiladas de hambre que va usted á cosechar!
—Y á propósito—dijo don Elías, levantándose también y mientras arrimaba á la pared su correspondiente silla,—¿en qué quedamos de eso?
—¿De qué?
—De los sesenta y dos mil reales.
—¿Los que había de anticiparle yo aceptando la preferencia que usted me daba y las condiciones que me expuso?
—Justo y cabal.
Don Baltasar cogió á don Elías por un brazo, muy suavemente; y encaminándose con él hacia la puerta, le dijo: