—Le prometo á usted que han de ser para construir ese molino, los primeros tres mil duros que yo desentierre con las noticias que usted acaba de darme.

—Estimando, señor don Baltasar,—contestó el bueno de don Elías, muy resentido y no poco cortado con la cínica burla del sujeto aquél, que le llevó casi en vilo hasta la puerta de la escalera, donde le despidió con una palmadita en la espalda.

En el estragal se detuvo el médico un instante para limpiarse el sudor de la cara y del pescuezo, operación para la cual no le había dado arriba don Baltasar el tiempo necesario; y es cosa averiguada que mientras recorría con el pañuelo todos aquellos espacios ardorosos, formulaba el resumen de las impresiones que había sacado de la visita, en los siguientes términos:

—Verdaderamente es un lechón ese hombre.

Como es averiguado también que, al salir á la calleja, vió que por ella iba alejándose cierta mujeruca muy chismosa con la que echaba él á menudo largos párrafos; que se empeñó en alcanzarla, que hasta corrió para conseguirlo, y que, después de detenerla y de ponerse cara á cara los dos, la dijo con mucho misterio y jadeando:

—¡Sépase usted que resultó lo que yo me pensaba!... ¡Inés no traga á Marcones ni con jarabe!... ¡Lo sé de su misma boca!... ¡Me lo ha confesado ella misma!


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