POR DÓNDE FLAQUEABA EL BERRUGO

Con pensar como pensaba y creer lo que creía el Berrugo sobre el dogma de las minas de oro puro y de los tesoros enterrados, había llegado á viejo sin dar á la versión vaga y confusa acerca de los del Pirata, mayor importancia que la que pudiera darle el aldeano menos iluso de los contornos de la Ribera. Consideróla siempre como «dichos de las gentes, á tontas y á locas;» y ocurriendo además que estos dichos sonaban muy poco y muy de tarde en tarde, hasta llegó á olvidarse de ellos. Las noticias sobre tesoros ocultos habían de ser de otra casta muy diferente para que don Baltasar las diera crédito, y de llegar á él muy de otro modo: con los mayores visos de formalidad y con los requisitos que pedían «esas cosas tan serias;» en fin, por el estilo de las dos que él llevaba recibidas hasta entonces: una de Ceuta y otra de Santoña. ¡Aquéllas sí que eran noticias! En un enorme cartapacio, la historia minuciosa del tesoro, acompañada del plano del terreno. Buenos cuartos le habían costado, y aún estaba el fruto sin recoger; pero el tiempo no envejece, y ya se vería el resultado á la hora menos pensada. En último caso, y dando por supuesto que los denunciantes hubieran fenecido en la empresa del desentierro, allí estaban aquellos papeles que no podían mentir, con sus planos en toda regla para guiarle á él, si quería desenterrarlos por sí mismo; y un viaje al campo de Algeciras y otro á cierta cañada de los puertos del Asón, no eran, en los actuales tiempos, hazañas del otro jueves. Por de pronto, dos adivinas de la ciudad, con quienes había consultado sus dudas en otras tantas ocasiones, le habían dicho que aguardara con fe lo prometido por aquellos honrados sujetos de Ceuta y de Santoña; y con la fe de un hebreo seguía aguardando, porque nunca fallaba la palabra de una adivina, cuanto más la de dos.

Un día, no mucho antes de conocerle el lector, fué á consultar á una muy afamada de la villa próxima, sobre el paradero de un novillo que se le había extraviado y no parecía por ninguna parte. La adivina le dijo qué dirección había tomado el animal y en qué sitios debía buscarle; y ya se disponía el crédulo á pagar á la prodigiosa mujer la media peseta convenida por la consulta, cuando la tal, clavándole los ojos muy encandilados y mostrándole la baraja con una carta medio desprendida de ella, le dijo en voz de espectro embriagado:

—¡Por su propia virtud se sale! ¡Señal es de que grandes cosas barrunta, que le interesan á usté!... ¿Quiere conocerlas por otra media peseta?

—¡Vengan esas cosas!—respondió el Berrugo conmovido y temblando, no sé si de miedo supersticioso, ó de ansiedades avarientas.

Con este permiso, la adivina volvió á tender las cartas; y combinando aquí y sumando allí, y murmurando ensalmos y conjuros; y ahora porque sota, y luégo porque caballo; y volviendo á barajar, y tornando á sus combinaciones; y porque si los oros abajo y si los bastos arriba, y las espadas antes y las copas después, y espanto viene y espeluzno va, llegó á decir al consultante estupefacto que había un tesoro más rico que todos los tesoros juntos de la tierra, y muy cerquita de su casa (de la casa del Berrugo), que le estaba destinado á él solo desde tiempos de muy atrás, y que con la vista de sus ojos y desde su propio tejado, podría alcanzar á ver el punto en que se escondía, si no se le ocultaran «aguas al frente, tierras acá, peñas arriba y cantos debajo.»

El hombre se crispó al oir estas revelaciones, y pidió con ansia otras algo más precisas; pero la adivina le declaró que no podía darlas, porque no era ella quien hablaba en su boca; ni decía palabra de más ni de menos que lo que la mandaba quien sabía todas las cosas y la había dado esa virtud, en cambio de la desgracia de no poder salir de pobre con lo mismo que hacía ricos poderosos á los demás.

El Berrugo se resignó; y después de pagar á la adivina, en monedas de cobre, la peseta convenida por las dos consultas, y de mandarla repetir las señas del sitio en que se ocultaba el tesoro, para grabarlas bien en la memoria, volvióse á Robleces con el convencimiento de que ni el tesoro prometido podía ser otro que el famoso del Pirata, ni el lugar de su escondite estar en otra parte que en la costa, por el lado del mar.

Y sucedió luégo que pasaron unos cuantos días, y que pareció el novillo en el sitio indicado por la adivina. ¡Otro palito á la hoguera en que se abrasaba la credulidad ambiciosa del Berrugo! Acertando en lo uno aquella mujer, ¿por qué había de equivocarse en lo otro, aun suponiendo que fuera posible alguna vez que se equivocara una adivina? De razonamientos como éste fué obra el recado que dió el Berrugo al Josco para su padre, la noche en que conoció el lector á aquel personaje. Al día siguiente, la visita del médico que no pisaba los suelos de aquella casa años hacía; y en esa visita, la historia horripilante de la aparecida que enseña á su hermano, con la luz maravillosa de su linterna, el camino por donde debía buscarse el tesoro; y las señas de este camino resultan idénticas á las que se le habían dado á él sin haberlas pedido; y á mayor abundamiento, una adivina pordiosera que llama á las puertas de don Elías, le dice que el tesoro existe, pero que no será para él; y el médico, con lo necesitado que está, se conforma, olvida lo del tesoro, y consagra sus afanes á la locura de su molino maquilero. En resumen, se comprueba la existencia del tesoro en sitio bien determinado, por dos adivinadoras y una aparecida. Una de las adivinadoras, sin que nadie se lo mande, advierte al Berrugo que el tesoro de que se trata está destinado para él; y la otra cae, como de milagro, en casa de don Elías, y le declara que ese tesoro no llegará jamás á sus manos, porque no le pertenece. ¿Qué quería significar todo esto? ¿No eran bien elocuentes tantas y tan extrañas coincidencias acumuladas en tan breve tiempo? ¿Cabía mayor claridad en una revelación de aquella especie? ¡Ni las mismas de Santoña y de Ceuta eran merecedoras de tanta fe!