Aquella noche se hartó de rezar á Santa Rita, y al otro día encargó á Inés que pusiera dos velas de á cuarterón en el altar de San Antonio. En seguida mandó á buscar al Lebrato.
Acudió Juan Pedro sin tardanza, y el Berrugo se encerró con él en su cuarto.
—No voy á pedirte dinero... por ahora,—le dijo, disimulando sus impaciencias con aquel arte diabólico que él tenía para esas cosas.
—Lo mesmo fuera—respondió el Lebrato tranquilizándose mucho con la advertencia;—porque no hay en casa otros cuartos que los que se hicieran de mí, si se empeñaba usté en ello.
—No es para tanto, hombre; no es para tanto... todavía, aunque, en uso de mi derecho, quisiera apretarte un poco para sacarte una hebra de la tajada que me debes. Ahora, quiero decir, por el momento, se trata de cosa muy distinta.
—Pues usté dirá, señor don Baltasar.
Y don Baltasar, después de rascarse el cogote y de soplarse las uñas apiñadas, y de atrapar en el aire con la mano un mosquito que pasaba, dijo:
—Pues te digo, Juan Pedro, y no lo vas á creer, que toda mi vida he tenido un hipo, y que no quisiera morirme sin el gusto de haberme curado de él.
—¿Y qué hipo es ese?—preguntó el Lebrato sin barruntar por dónde iban las intenciones de aquel sujeto de los demonios.
—¡Pásmate, hombre!—exclamó el Berrugo enseñando toda su negra y desportillada dentadura, y cargándose del lado izquierdo sobre el rozón cuya asta empuñaba con aquella mano:—el hipo de salir una vez siquiera á la mar alta, y recrear un poco la vista desde allí.