—¡Vaya con el hipo ese!—exclamó á su vez el Lebrato, muy satisfecho de que el hipo de don Baltasar no hubiera resultado pulmonía para él.

—¿Te parece raro, verdad?

—Maldita la cosa, señor: nada más en su punto que ese deseo.

—Pues verás—añadió el Berrugo manoseándose la barbilla mal afeitada:—yo me dije en cuanto apuntó el verano: «Pues en éste ha de ser... y antes con antes, para que no me suceda lo que en otros muchos, que por irlo dejando para la semana que viene, nunca lo hice...» Y luégo pensé: «Juan Pedro tiene barquía, y anda con ella por aquellas honduras como yo por el corral de mi casa; el tiempo está seguro, la mar estará como un plato... pues ahora ó nunca. Voy á decirle á Juan Pedro que aborrezca medio día...» Y en eso estaba; y por eso fué el recado que te mandé por Pedro Juan antes de anoche.

—Puedo jurarle á usted que no me dió ninguno.

—Es que le dije yo que no corría prisa, como era la verdad; pero, amigo, hoy me he levantado de otro temple muy distinto... Conque ¿tienes la barquía bien dispuesta?

—De la campaña del anguilo está, que acabo de dar por finiquita; conque hágase el cargo.

—Me alegro. ¿Y la mar?

—Como usté dijo: lo mesmo que un plato.

—Pues entonces, Juan Pedro, cuanto más antes: mañana mismo... por la mañana... ¿Te parece?