—Pensaba—respondió el Lebrato sin andarse en remilgos,—que, por esa vez, comeríamos los tres de una misma puchera; pero si á usté le paece mucho ese despilfarre...

—¡Vaya que sois pegajosos como el mismo demonio! En fin, irá para los tres, ya que te empeñas; y no hay más que hablar. Á las once menos cuarto estaré mañana en tu casa. ¡Y silencio sobre estos particulares!

El Lebrato se despidió y llegó á ella sin poder sospechar qué fines podrían guiar al Berrugo en aquel paseo que intentaba, tan extraño á sus conocidos gustos.

Pedro Juan, cuando se enteró del caso, tampoco dió en el quid... ni lo intentó siquiera; pero, en cambio, dijo á su padre, y fué todo lo que habló:

—¡Qué ocasión más güeña, coles!

—¿Pa qué, Pedro Juan?—le preguntó el Lebrato.

—Pa échale á fondo con un canto al pescuezo.

Al otro día y á la hora calculada por el Lebrato, estaba la barquía fuera de la barra, con don Baltasar á bordo. Todo ello junto no abultaba tanto allí como un perdigón sobre una sábana extendida.

—¡Cóspitis, qué grandísimo es esto mirado desde aquí!—exclamó el Berrugo agarrado con las manos á ambos careles para aguantar los balances del barquichuelo columpiado por las lentas ondulaciones de la mar, aunque se perdía de vista reluciente y llana como un espejo.—Cien veces lo ví desde arriba, y nunca lo creí tan ancho ni tan hondo... Allí está la isla. ¡Parece una seta grande! Y ¿qué hay en ella, Juan Pedro?

—Un puro peñasco, como usté ve,—respondió el Lebrato.