—¡Horror de veces!... ¿Quiere usté que subamos ahora?

—Si no hay más que eso que ver, no vale la pena.

—No hay otra cosa... ¿Aónde quiere usté ir si no?

—Por derecho hacia afuera, hasta que yo os mande parar.

Bogaron los dos remeros en aquel sentido; y cuando llegó la barquía á un punto desde el cual, mirando hacia atrás, podía verse una extensa línea de costa á uno y á otro lado de la boca del puerto, el Berrugo mandó parar la rema y se sentó de cara á la barra.

—¡Mucho me gusta á mí contemplar esos peñascos!—dijo, devorando con los ojos todo lo que veía de la costa.—Y paréceme que este lado de acá de la entrada es más bajo que el otro. ¿No te parece á tí lo mismo, Juan Pedro?

—Eso bien á la vista está,—respondió el Lebrato.

—¿Y cuál de estos dos lados os parece á vosotros más... más... vamos, más desconcertadote y descuajaringado?

—Allá se andan entrambos en ese particular—respondió el Lebrato,—y en cá uno de ellos arman las rompientes buenos cañoneos cuando el caso llega. Pero ¿á usté qué más le da que sean esas peñas más recias ó más finas de barba, si usté no las ha de afeitar?

—Pues ahí verás tú, hombre, cómo hay gustos para todo. Aquí me tienes á mí que me alampo por recrear la vista en un peñascal hecho una triguera... Y el caso es que no descubro yo cosa mayor de esa traza.