—¿Cómo es eso de una triguera, don Baltasar?

—Quiero yo decir... con muchos agujeros, hondos, ¡bien hondos! Así...

Y barrenaba en el aire con las dos manos y con la cabeza, como si fuera abriendo una mina con todo el cuerpo.

—¿Cuevas querrá usté decir?—preguntóle el Lebrato.

—Hombre, tanto como cuevas...—respondió el Berrugo, acentuando á su modo esta palabra,—no diré... Pero, en fin, sean cuevas. Tampoco las veo.

—Pues crea usté que no faltan: sólo que hay que atracarse mucho para verlas... Dende aquí puedo yo señalar una que paece la madre de toas.

—¿Por qué?

—Por lo grande.

—¿Y hacia dónde está?

—Cara á cara con la isla.