—¡Con la isla! ¿Y es tan grande como tú dices?

—Dicen que coge allá medio barrio de Las Pozas.

Á todo esto, el Josco bostezaba de aburrimiento y de hambre, y el condenado Berrugo ni se mareaba ni se acordaba de comer. El Lebrato se pasaba muy á menudo la lengua por los labios y miraba al cesto en que iban las provisiones. Y como el tiempo corría sin que allí se hiciera cosa de provecho, atrevióse á decir á don Baltasar después de responder á su última pregunta:

—Paéceme que podíamos aprovechar esta parada pa... tomar ese bocao.

—¿Tanta gazuza tenéis, hambrones?—dijo el Berrugo muy contrariado con la observación.—Yo dejaba la comida para cuando estuviéramos adentro de la barra, y así ha de ser... pero antes quisiera dar un vistazo, desde abajo, á esa cuevona que tanto me has ponderado...

—¡Coles!—dijo aquí el Josco con una sacudida sobre el banco, que hizo tumbar de una banda á la barquía.—¡Si hay más de media hora de rema!

—¿Y qué vale eso para vosotros?—repuso don Baltasar en son de chunga.—¡Hala para allá; y con eso comeremos luégo con mejor apetito!

Viró la barquía y se puso en el rumbo indicado por el Berrugo, entre las maldiciones que le iban echando mentalmente el Lebrato y á media voz Pedro Juan.

—Pues, hombre—decía el condenado hijo del difunto Megañas, siempre agarrado á los careles del barquichuelo, que en ocasiones se hundía dulcemente, como si le chuparan desde el fondo de la mar,—si no es para recrearse uno en estas cosas, ¿á qué se viene aquí una sola vez en toda la vida?

—Es una fantesía, vamos—dijo el Lebrato haciendo de tripas corazón;—y por otra pior le pudo dar.