—Justo, una fantasía... Tú lo has dicho, Juan Pedro: una fantasía como otra cualquiera. ¿No la tiene el cura en venirse con vosotros cada lunes y cada martes, unas veces de día y otras de noche cerrada, por el gustazo de dar un tiento á las mojarras ó al anguilo?

—¡Y que la tiene bien puesta el señor don Alejo, y que lo entiende de verdá, y que paece mentira lo gran mareante que es hoy, con los años que lleva á cuestas!... Pos golviendo á la fantesía de usté, ha de saberse que otras cosas se pueden ver en el mundo de menos fama que esa cueva.

—¡Fama!—repitió el Berrugo mirando con avidez al Lebrato.—¿Qué fama puede tener ese covachón de mala muerte, hombre de Dios?

—Fama, fama... tanto como fama, puá que no; pero lo que es nombrá, bien nombrá fué en un tiempo entre unos cuantos de mi oficio. Mire usté: al difunto Lomias, el hermano menor de Perrenques, que conocía estos sitios tan bien como yo, no había quien le quitara de la cabeza que en esa cueva estaban escondidos los tesoros del Pirata.

El Berrugo creyó sentir de pronto el tintineo de un manojo de campanillas en los oídos, y que se le alargaba el cuerpo más de un cuarto de legua. Buscando una disculpa para taparse con las manos la cara, que podía delatar sus emociones, exclamó:

—¡Qué barbaridad!

Y añadió sin descubrirse todavía:

—¡Parece mentira que haya un hombre capaz de creer en esos tesoros, y menos en que puedan estar enterrados aquí ó allá!

—Pues ya sabe usté de uno que lo creía.

—Y ¿por qué lo creía ese bobalicón?